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ALEMANIA DESPIERTA
- ¡Alemania! - ¡Despierta!
- ¡Alemania! - ¡Despierta!
- ¡Alemania! - ¡Despierta!
"¡Alemania, despierta!".
Esta convocatoria fue más potente que cualquier eslogan político.
Resuena como un pedido de salvación.
"¡Alemania, despierta!".
Para una nación en crisis,
con su identidad debilitada luego de perder la guerra,
la convocatoria trajo la promesa de un nuevo comienzo.
Unida por un mismo símbolo
y un solo hombre.
La convocatoria provino de un hombre que conocía el poder de la metáfora.
Un hombre que le gustaba descender desde el cielo hacia su gente,
como una especie de Dios.
Millones de personas estaban listas para mostrarle lealtad a cualquier hombre
que les prometiera lo que más necesitaban.
Orden público,
un propósito
y, sobre todo, confianza en ellos mismos.
Para millones de alemanes, Adolf Hitler parecía ser
el hombre que podía ofrecerles todo esto.
Lo veían como la prueba viviente
de que la historia podía ligarse al destino de un solo hombre.
Su ministro de propaganda, Joseph Goebbels,
lo expresó de esta forma...
Puede ser bueno tener poder construido con las armas,
pero es aún mejor y más gratificante,
ganar el corazón de todo un país.
Hitler se consideraba el salvador del mundo al borde del desastre.
Y esa fue la imagen que alimentó.
Estaba rodeado constantemente de un séquito de camarógrafos.
Sus fotografías lo mostraban estilizado, con una figura casi monumental.
Estaba preparando su imagen para la posteridad.
Un monumento perfecto en un escenario de glorificación,
que atraía multitudes que lo veneraban.
El demagogo provinciano de Baviera
llegó a ser un líder nacional cuyas acciones estremecieron al mundo.
Iba a tener una de las carreras más terroríficas de la historia.
Capturó el entusiasmo popular
de forma tal que pocos políticos han podido igualar.
Sembró el miedo más que nadie
y llenó vacíos sentimentales del elegido solitario,
abrumado por la grandeza.
Básicamente, hizo una carrera alemana.
Una carrera que solo podría brotar de las raíces de la historia alemana.
Pero también representó el espíritu de su época mejor que cualquiera.
Su pancarta convocaba a millones de personas.
Pero la vieja Europa, que afirmaba que iba a salvar, ya estaba condenada.
Y fue este mismo hombre quien finalmente la destruyó.
La creatividad que lo llevó al poder
fue también una fuerza destructiva con una potencia sin antecedentes.
La vida de la gente no significaba nada para él.
Quería condenar el rumbo de la historia,
y sus seguidores, que confiaron ciegamente en él,
creían que lo lograría.
No pensaron en las víctimas.
Por él, Alemania y Europa llegaron a un final catastrófico y vergonzoso.
Su éxito se basó en su oratoria.
Su poder de oratoria atrajo una multitud de seguidores.
Avanzando por la oscuridad misteriosa
del emotivo sonido de la marcha Badenweiler Marsch,
rodeado de una multitud vitoreante, parecía transfigurarse.
En el fondo, nunca perdió su provincialismo.
Un pobre hombre de rasgos comunes.
Pero en esos momentos, tenía el carisma de un verdadero demagogo.
Nuestro partido,
formado por solo siete personas,
ya debe establecer principios.
Queríamos ser un partido con una ideología
y convertirnos en la única potencia de Alemania.
Luego de la Primera Guerra Mundial, empezó
como un activista de derecha en Baviera,
donde ganó notoriedad por su extremismo.
Pertenecía a una de las pequeñas facciones políticas
que se reunían en las bodegas de Múnich.
Nunca venía mal un nuevo activista pendenciero.
Pero él era apasionado y colérico
y la multitud le respondía.
Podía dar hasta diez discursos en un solo día,
siempre analizando y mejorando su impacto en el público.
Siempre analizaba las imágenes tomadas por su fotógrafo, Heinrich Hoffmann,
para perfeccionar sus posturas y gestos.
Ya era evidente la combinación de intensidad maníaca y cálculo frío.
"He dado discurso tras discurso", declaró.
LIBERA A ALEMANIA DEL MARXISMO
Diez años después, llegó al poder.
Unos días después de asumir como canciller,
dio un gran discurso en el palacio de deportes de Berlín.
Al principio, parecía...
...tenso y nervioso.
El rostro afeminado traiciona su sumisión y apetito sexual.
Nuestro líder, el canciller imperial Adolf Hitler, dará su discurso.
Sus apariciones en público estaban cuidadosamente controladas.
Nada quedaba librado al azar, desde el tamaño y duración del acto,
hasta el ritual alrededor de su entrada.
Dejaba a la multitud esperando antes de comenzar el discurso
para incrementar la tensión hasta el punto máximo de excitación.
Un titubeo marca el comienzo.
Compañeros alemanes.
El 30 de enero
de este año,
se formó el nuevo gobierno
de concentración nacional.
Y con él,
se derrumbó el movimiento nacionalsocialista.
La convicción...
"Una convocatoria masiva se utiliza para apagar el pensamiento", dijo Hitler.
Solo en ese momento, el pueblo logrará aceptar las simplificaciones mágicas
ante las que la resistencia se desmorona.
Su ataque siempre seguía el mismo patrón.
En ese entonces, el Marxismo
se levantaba
por primera vez
con un objetivo de lucha.
En aquel momento, por primera vez, me permití
comenzar esta guerra como un desconocido y no descansé hasta que finalmente
desaparezca de las vidas alemanas.
LIBEREN A ALEMANIA DEL MARXISMO
Se lamentaba por la pérdida del orgullo y la confianza nacional.
Si se deteriora el honor, se deteriora la reputación.
Llegará el momento
en el que podamos sentirnos orgullosos de ser alemanes
cuando recordábamos el pasado,
pero sentíamos vergüenza cuando pensábamos en el presente.
La inflación puso
LIBEREN A ALEMANIA DEL MARXISMO
de rodillas a nuestra nación.
Le robó hasta el último centavo a millones de personas.
Todo fue instigado
y todo fue llevado a cabo por los hombres de 1918.
Cuando se acercaba el punto culminante, parecía que el espíritu hablaba por él.
No queremos mentir. No queremos engañarlos. Por lo tanto...
me he negado rotundamente
a pararme frente a este país y hacer promesas falsas.
No hay nadie aquí que pueda ponerse de pie y señalar
que dije que Alemania crecería en unos pocos días.
No fue su razonamiento, sino su energía lo que lo hacía tan convincente.
El futuro de la nación alemana está
en nuestras propias manos.
Podemos levantar
esta nación alemana con trabajo duro,
determinación, desafío
y persistencia.
Así nos levantaremos,
tal como lo hicieron nuestros antepasados.
Alemania no fue entregada a ellos, ellos mismos crearon a Alemania.
Cuando el discurso se acerca a su final,
permanece de pie, exhausto, intoxicado,
mientras continua con una parodia absurda al decir una plegaria.
Por el amor que le tengo a esta nación,
estoy totalmente convencido
de que llegará el momento
en el que los millones que no están de acuerdo con nosotros,
nos apoyarán y acogerán lo que, como país,
hemos creado y por lo que hemos luchado, el nuevo Reich alemán,
creado con honor, fortaleza, esplendor
y justicia. Amén.
Él sedujo y conquistó al público
y ahora su comunión estaba completa.
Incapaz de construir relaciones personales adecuadas,
descubrió un tipo de satisfacción que las suplantaba.
Cansado y transpirado, hace su salida,
con su secuaz que mantiene a la gente alejada del exhausto héroe.
Es un cansancio glorioso,
lleno de satisfacción.
En estas presentaciones, se veía cerca de cumplir el sueño de su vida.
El hijo del funcionario público austriaco
salvaría el mundo del desastre inminente.
Esta visión tomó forma en Viena con el cambio de siglo.
Hitler tenía 18 años cuando llegó a la capital de Austria,
con la idea de convertirse en pintor.
Estaba deslumbrado por el paisaje y los ruidos de la ciudad.
Fue al teatro y a la opera.
Observó la Ringstrasse con sus tiendas y hoteles y sus casas palaciegas.
Estaba abrumado por el esplendor arquitectónico
del mundo burgués.
Contemplaba el edificio del parlamento,
al cual definía como "una maravilla helénica del suelo alemán".
Lo pintó en acuarela.
Hasta logró vender sus pinturas de vez en cuando.
La Academia de Arte lo rechazó dos veces por falta de talento artístico.
Vagaba sin rumbo, descartando cualquier posibilidad de un trabajo estable.
El solo pensar en un trabajo común ofendía sus aspiraciones artísticas.
Había mucho que admirar en la capital imperial,
pero también muchas cosas lo ponían nervioso.
El emperador Franz Joseph, que celebraba 60 años en el trono,
era un ícono claro del imperio antiguo.
Duradero, pero anticuado.
Hitler estaba deslumbrado con esta visión de riqueza,
pero la buena vida lo eludía.
Su hogar era un hostal para hombres.
Temía por el futuro, porque veía enemigos en cada esquina.
Las banderas rojas comenzaron a salir a la calle.
El joven Hitler se mezclaba con los transeúntes de clase media
que miraban nerviosos las marchas de los trabajadores.
Más tarde, describió cómo una vez se quedó sin aliento
mientras observaba el paso de las serpientes humanas
y regresó a casa como una víctima del miedo y la depresión.
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