Die ersten 200 Zeilen.
"Señor, ábreme las puertas de la noche".
Los sueños
son
para el que los sueña...
No se preocupe. Llamaré a un médico.
No.
¿Cómo que no?
Voy a estar bien.
Ya ve.
Voy a llamar al médico y a la policía.
No llame.
¿A quién? ¿Al médico o a la policía?
A ninguno.
Así está protegiendo a quien la golpeó.
-¿Cómo se llama? -Dora.
¿Dora qué?
Eso no tiene importancia.
¿Dónde vive?
Aquí y allá.
¿Quiere que llame a alguien?
No tengo a nadie en el mundo.
No puedo dejarla sola así. En serio.
Necesito dormir un poco, nada más. Estaré bien.
¿No va a llamar mientras duermo, no?
Debería hacerlo.
Júreme que no lo hará o me voy.
Se lo juro.
Por su vida.
-Dígalo. -Lo juro por mi vida.
Ahora. Pórtese bien.
Acuéstese
y descanse.
No se puede quedar aquí.
Voy a llamar al hospital.
¿Qué pasa?
¿Tan mal está?
¿Viste las heridas que tiene?
Es joven y se recuperará pronto,
pero necesita atención y descanso.
¿Y cuando salga del hospital?
Tendrá parientes o amigos.
No.
Va a terminar en la calle o en una casa abandonada.
¿La alojarás aquí? ¿Será tu amante?
No seas estúpido.
No te une nada a ella.
Hace una hora ni siquiera la conocías.
Podría robarte las llaves
y robarte a ti.
¿Qué pasará cuando esté mejor?
Le pediré que se vaya.
Deberías.
No seas tonto.
El tonto aquí soy yo.
¡Debería cobrarte el doble
para desalentar semejante estupidez!
Adiós.
Mantenme al tanto.
-Gracias. -Adiós.
Eres un mentiroso. Prepárate para morir.
¿Qué dices?
Te advierto de la maldición.
¿Qué maldición?
Lo juraste por tu vida.
Además, quisiste pagarle a tu amigo.
Yo, en tu lugar, evitaría ir a lugares donde haya dinero.
Bancos, cajeros automáticos.
¡Estás loca de remate!
Puede ser. Pero era un chiste.
¿Tienes lavarropas?
¿Me seguirás ayudando?
Vuelve a acostarte.
Te traje una bata,
una camisa
y esto para que uses de bastón.
¿Por qué no me das muletas?
Porque no tengo.
¿Por qué me miras así?
Te arrepentiste de no haber llamado a la policía.
Me leíste la mente.
Tal vez soy adivina, ¿quién sabe?
Eres fácil de leer como un libro abierto.
Esto está buenísimo. ¿Dónde aprendiste a cocinar?
Pedí comida.
Gracias.
No solo por la comida. También por haberme ayudado.
No tenías por qué hacerlo, señor Deviliers.
-¿Sabes cómo me llamo? -Así es.
¿Cómo lo supiste?
Te leí la mente.
Te dije que soy bruja. ¿No te da miedo?
Leí tu nombre en el portero eléctrico.
¿Quién es el que te golpeó?
Un tipo que hacía tiempo que me estaba siguiendo.
Quise esconderme en el edificio.
Pero no pude despistarlo y corrí hacia las escaleras.
No llamaste al portero eléctrico. Lo hubiera escuchado.
Apreté dos botones y alguien me abrió.
-No apretaste el mío. -¿Y qué?
Estabas corriendo, asustada,
y tuviste tiempo para leer el nombre de un desconocido
y recordarlo. ¿Cómo explicas eso?
Es obvio que tengo un excelente reflejo de memoria.
¿A qué llamas reflejo de memoria?
Una memoria con reflejos.
Jovencita,
no creo ni una palabra de lo que dices.
Lo bien que haces.
Sal al pasillo, mira el timbre de tu casa
y verás que tu nombre figura ahí.
¿Siempre haces tanto problema por nada?
Eres un caso serio.
Que puede sanar sola.
Muy bien. Levántate y camina.
Eso no prueba nada.
Hace mucho que aprendí a cuidarme sola.
Claro.
Ya te imagino sola, de noche, en un umbral,
como Edith Piaf, cuando nació.
-¿Qué haces cuando estás enferma? -Nunca me enfermo.
No pareces ser tan sana.
No miraste bien debajo de los golpes.
Cúbrete.
¿Vives solo?
Desde que mi esposa murió hace 29 años.
-¿Tienes hijos? -No. Eres una metida.
Perdón.
¿Serías tan amable de dejarme pasar la noche aquí?
No tengas miedo. No te voy a atacar.
No tienes tanta fuerza.
¿No te asusta
pasar toda una noche sola, en la casa de un hombre?
¿Quieres saber si te tengo miedo?
¿Crees que soy demasiado viejo para eso?
No te enojes. No quise decir lo que piensas.
¿Y?
-¿Y? -¿Y qué?
¿Puedo pasar la noche aquí?
-Sí. -Gracias.
Toma esto.
¡Estoy aquí!
Allá.
Hola.
Espero no haber interrumpido tu clase.
-Dejé de dar clases hace dos años. -Es cierto. Ya me lo habías dicho.
¿Qué te está diciendo?
Que me quede tranquilo y no me mueva.
Me voy.
-¿Cómo te sientes? -Cada vez mejor.
Se podría decir que estoy bien.
¿Puedes preguntarle al psiquiatra cuándo me dará de alta?
Claro.
-¿Nos sentamos en la cama? -Prefiero estar de pie.
Estás equivocado. Volverán.
-¿Quiénes? -¡Ellos!
Son astutos.
Se esconden en las paredes. Ahora nos están observando.
¡Mira!
Se ven los ojos que sobresalen.
¡Y también la cara y el cuerpo!
Nos está mirando.
-Si te quedas... -¿Quién nos está mirando?
Ese dinosaurio chiquito.
El bebé.
No estará tranquilo si te quedas acá.
No te muevas. No te hará nada.
¡Ahí viene! ¡Está a un metro tuyo!
Ahí está el padre.
El padre y la madre.
¿Los ves?
Hoy están enormes.
¡Me mordió!
¡Me están comiendo!
¡La culpa es tuya!
¡Tú provocaste esto! ¡Eres el demonio!
¡Tú hiciste esto!
¿Quién es?
Un excolega, profesor de filosofía.
Y pintor aficionado.
¿Para qué es este video?
Para un libro que estoy escribiendo.
Pedí una copia de la cámara de la clínica.
Cada vez que lo veo, sufro por ese hombre.
¿Hay alguna relación entre él y tu libro?
Cuando sus ataques terminan y él se calma,
me dice que los dinosaurios existen de verdad.
Que todo lo que vio y oyó durante la alucinación es real.
-Y algo más. -¿Algo más?
Que su dinosaurio es más real que lo real.
Esa sensación de más real que lo real.
es típica de la gente que tiene delirios.
¿No será que tu pobre amigo quería reemplazar
una realidad desagradable por otra que le gustara más?
Ahí tienes razón.
Pero él creía plenamente en su delirio.
A veces, eso nos pasa a todos.
Cierto.
¿No son nuestras creencias más arraigadas,
en esencia,
ilusiones individuales o colectivas?
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