200 ensimmäistä riviä.
EN 1818, MARY SHELLEY ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN.
POR UNA APUESTA.
Toc, toc.
¿Quién es?
Soy yo.
Mary Shelley.
Autora de Frankenstein.
Ya sé que a todos les encanta,
pero, queridos míos, eso no era todo.
Lo que yo quería escribir...
lo que necesitaba decir,
no pude expresarlo.
Ni siquiera pude pensarlo.
Luego me dio cáncer cerebral,
y ya no pude escribir, y me morí.
De inmediato, desperté y me hallé aquí...
en este lugar desconocido, carajo.
Y aquí he estado siglos,
buscando cómo sacarme este tumor,
este sueño, esta...
historia de la cabeza.
Queridos míos, se abre una grieta.
Surgen las palabras.
¿Un cuento de fantasmas?
¿De horror?
¿O, aun más espantoso...
una historia de amor?
Comienza con ella...
con Ida...
Sí, así la llamaré, por lo pronto,
Mientras encuentra su nombre.
Quiere ser buena.
Callada.
Pero está en el Infierno.
Queridos míos, vean. También...
en ella se abre una grieta.
Y por allí, creo, yo...
podría colarme.
Posesión.
Dos mentes en vez de una.
Sí,
creo que sólo así podría contarse esta monstruosa historia.
Ahí viene la maldita la novia.
Ida... ¿en qué planeta andas?
Aquí está la fiesta.
Ida y... Mable, un besito.
Beso. Beso.
Anda. Enséñales a éstas, mi niña.
Sí.
¡Sólo quiero que rinda mi dinero!
No puedo ver a una mujer haciendo el trabajo de un hombre.
¿Sabes con qué se abren las... ostritas?
-Con la cuñita. -¡Con la cuñita!
Ya fui ahí. Te va a gustar. Hay que ir hoy.
Sí. No sacas a Clyde de ahí.
Nadie se va a su casa. Todos están allí.
Bueno, bueno. Aquí vamos.
Enséñales las botas.
Éstas son las nuevas.
-Oh. -Nuevecitas.
Se ven caras.
Lo que te mereces por ser buena niña.
-Ven, botitas rojas. -No.
Cómete una ostra. Yo invito.
No. No me hacen nada.
Aquí tengo un bizcochito.
Nunca están de más los bizcochitos.
-¡No es posible, no! -Anda.
Perdón. ¿Puedes decir "sí, por favor"?
A Ida no le gustan.
-Anda. -Ida, ¿dices "sí, por favor"?
Sí, por favor.
Muchísimas gracias.
No hay de qué. No hay de...
¿Adónde se fue?
Miau.
Ven acá. Sí. Ven acá.
Pónmela en la boca.
Qué bien portada.
Justo así.
Justo así.
Mi camisa, carajo.
¿Guárdenme algo, no?
Duplicidad.
Astucia.
Astucia. ¡Como felina!
¡Fraude!
-Vaya. ¿Qué dice? -Ni idea.
Querida, despiértate.
¿Está bien, Mabel?
¿Qué pasa?
Perdón, yo...
Ida, ¿estás... estás bien?
-Sí. -Ida, ¿qué pasa?
-¿Esas ostras, verdad? -Sí.
No entien...
Metida en el suelo y con... la boca llena de tierra.
Hay que guardar el tesoro y no arruinar el porvenir.
Ay, Dios. Bueno.
Usted, caballero,
Se cogería a un hombre, ¿cierto?
-Ahora hace voces. -No hay nada de malo.
Lo aprendí en el cementerio.
Mi esposo, Percy, siempre manoseando a Keats.
Pero, con su corazón en mi escritorio, envuelto en su sudario,
¡se lo juro, yo sabía qué lo ponía caliente!
¡Ah, sí!
Hija de una potranca,
recia, veloz, dura...
Dios mío, ¿qué pasa?
¿Qué ganas haciendo puñetas debajo de la mesa?
Sabes, siempre puedes decir "preferiría no hacerlo".
-Melville. -Ey, ey.
-Por Dios. -¿Qué dice?
-Maravilloso. Maravilloso, carajo. -¡Ida, para ya!
Lupino está sentado allí.
-El señor Lupino. -Ya, ya, Ida.
He allí el verdadero monstruo.
-Vamos a comer. -Ida.
Que no se les suelte la lengua delante de éste, señoritas.
Bájate, nena. Nena, bájate.
Yo soy la que canta.
Amordazada por décadas,
pero los muertos se saben todas las sucias historias.
¿Quieren que cante?
-Me comió la lengua el gato. -Ida, bájate.
-¡Zapatos de concreto! ¡comida envenenada! -Agárrala.
-Agárrala ya. -Carbonara con su toque de arsénico.
¿A mí también me van a cortar la lengua?
Ni el comisionado callará a los muertos.
El gran jefe de la mafia.
-Ey. -No, no puede ser. No. Yo...
-¿Y eso qué diablos fue? -Perdón.
¿Quieres que te maten, Ida?
-Por Dios, perdón. -Hablar así frente a Lupino.
-No sé qué pasa. -¿Te sientes bien?
¿Qué carajos te pasa?
Caballeros, siento un cosquilleo desagradable.
Espumarajos, comezón, concupiscencia, ninfomanía,
llena, ahíta, lo cual es difícil de tolerar.
-Está histérica. -Con hormigas por todo el cuerpo.
Basta.
¡James! ¡Ya! ¡Ya!
Sí. No hay cuidado. Fue...
Lo sé. "Hormigas". Patético. Convencional. Trillado.
Común. ¿Cómo no me das otra?
-Vamos. -Ida, ya. Ya.
Caballeros, estoy rebosante.
O sea, traigo una perla en la ostra.
-Es una clase de espíritu. -Sí. No está bien.
-Ida, ¡vuelve en ti! -¡Basta!
Uy.
Mi vista se halla perpleja.
Tu pito parece un ombligo.
Ni se ve detrás de los huevos. ¿Si se te mece te crece?
James, por Dios. ¿Qué no ves? Está poseída.
-Ve y trae a un doctor. -¡Mi boca!
-Un cura. -¡Mi boca!
¡Mi obra! ¡ Mi labor! ¡Mi tarea!
Seca, mustia, verbosa, marchita.
Por ejemplo, "Recuerdos de Italia".
O, para ser más precisos,
"Recuento de un viaje por el Lago Lemán".
Y luego, ya sé, ¡Sí, ya sé!
Y, desde luego, mi libro de horror...
Frankenstein.
Una miseria, una escasez, migajas de una mente sofocada.
Tragadas, engullidas, escupidas, devoradas...
¿Qué... qué es esto?
¿Qué es esto? ¿Quiénes son ustedes?
Queridos míos, quedan prevenidos.
Viene la secuela.
¡Desobediente!
-¡Ingobernable! -Ida.
Todo cambiará.
Tengo mucho más que decir. ¿Están listos?
Ida, me estás espantando.
¡Ida!
Queridos míos,
se avecina una revolución.
Si Frankenstein les dio miedo,
mi siguiente historia los va a hacer aullar:
"¡auxilio!"
¡LA NOVIA!
¡Usted, caballero! ¡Señorita!
¡Lleve sus noticias!
¡Sus noticias!
¡Venga por sus noticias!
Caballero.
-¿Podría indicarme cómo llego a Rivers...? -No. No.
No. No se me acerque. Dios mío...
¿Puedo ayudarlo?
Sí. Vengo a ver al Dr. Euphronius.
Es un asunto de cierta urgencia.
Me llamo Frankenstein, señora. Es el nombre de mi padre.
¿Me hace favor de quitarse el sombrero?
Sí, claro. Usted disculpe.
¿Dónde nació, señor Frankenstein?
¿"Nacer"?
O lo crearon, lo reanimaron.
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