Ang unang 200 linya.
- Hola, Kenny. - Hola, Aldo, ¿qué tal?
¿Cómo estás?
Son para ti. Van a la mina.
- ¿Tienes mi colonia? - No he podido encontrar la grande.
Tengo dos pequeñas.
Gracias.
Adiós, Kenny.
¿De dónde venís?
Alaska, ¿y tú?
De Quebec.
¿Eres canadiense?
Francés.
- ¿No te has dejado nada? - No, señor.
- ¡Aldo! - Sí.
Toma, es para ti.
¡Evan!
Gracias.
¿Ya habéis trabajado en una mina de oro?
No.
¿A qué distancia está la mina?
A una hora, más o menos.
¡Donahue!
¡Howard!
¡Lacourt!
¡Dalbert!
¡Aldo Sévenac!
¡Aldo!
¡Bragas! Hace tiempo que no las veis. ¡Son para mí!
- Toma. - Gracias.
Aldo os enseñará lo que hay que hacer.
Todos venimos de todas partes.
Él de Alemania, él de California.
Quedaos con las dos literas del final.
¡Un ama de casa perfecta!
¿Qué pasa?
Aldo, el café está listo.
¡Envía otro compresor!
Bueno, mañana toca cobrar.
- Hay sueldos mejores. - ¿Por qué siempre estás sin blanca?
Porque un día conocí a alguien
que habría sido mejor que no conociera.
¡Dicen eso todo el tiempo!
Bueno, mañana toca cobrar.
Aldo Sévenac.
Siete días, dos días de horas extras.
Firma aquí.
James Craig.
Aquí.
- Seis días, un día de horas extras. - Gracias.
John Donovan, John.
Firma aquí.
Estaría mejor tener una veta propia.
Tienes razón, abuelo.
Pero he buscado por todas partes. No estaría aquí si hubiera encontrado una.
Otro mal encuentro.
¡Debajo del camión!
¿Ahí dentro?
¿El ferrocarril está lejos?
A 650 kilómetros.
Buenas pepitas.
Nos repartiremos el oro en el ferrocarril.
Tú y yo nunca hemos trabajado aquí, ¿vale?
Con cuidado.
Vamos.
Pasaremos la noche aquí.
Un coyote.
¿Es la hora?
No, tengo calambres.
Los calambres irán a peor si te levantas.
Basta con estirar las piernas así.
Y se irán.
Algo huele a quemado.
Conductor, ¿a ti a qué te huele?
A quemado.
- ¿Qué es eso? - El embrague.
Vale.
Voy a intentarlo. Sujetadlo.
¿Listos?
Parece que ha ganado esta ronda.
No veo nada. Bájanos más.
Vale.
No, vamos a quedarnos aquí y a examinar los cadáveres.
- Sí. - Sargento.
Espere, por favor. Sí.
No queda nada del interior. Todo el edificio está destrozado.
Se han quemado todos los registros.
Nos quedaremos aquí un par de horas más.
El helicóptero sigue buscando. No hay rastro de supervivientes.
Saquemos a esta gente de aquí.
Vale, gente. Vamos a tener que llevarles a casa.
Aquí ya no queda nada. Por favor, no toquen nada.
Todo el mundo, señor.
Yo soy quien dio la voz de alarma cuando vi el fuego.
GOLDEN, COLUMBIA BRITÁNICA
- Gracias. - Gracias de nuevo, ¿eh?
- Nos vemos. - Adiós.
Sois todos unos cabrones.
Cuantas mejores intenciones tengáis,
menos podrán fiarse las mujeres.
No me vengas con la vieja frase
sobre un camión atascado en la frontera.
Ya la he oído.
Aquí tiene, señor.
- Hola. - Hola, señor. Ahora le atiendo.
- ¡Y ya está! - ¡Sin manos!
- No puede ser. - Lo es.
Debo estar soñando.
Y esta vez, ¿de dónde vienes?
De bastante lejos.
¿Van a beberse eso?
Tome, preciosa.
Cóbrese.
Entonces, esta vez, ¿es de verdad?
Y…
¿Cómo?
Luego te lo cuento.
¡Cuando la baronesa se entere!
Por cierto…
- ¿Cómo está? - Está durmiendo.
- ¿A estas horas? - No quiere cerrar.
Trabajamos día y noche, por turnos.
Está durmiendo…
- ¿Sola? - Sí.
Quiero decir, normalmente.
- Voy a subir a verla. - No, escucha.
Será mejor que prepare el terreno.
¿Por qué? ¿Se ha vuelto sensible?
La verdad es que no, pero…
¿Pero?
Iré yo.
No te preocupes.
- Voy. - Compraré algo mientras tanto.
- No te preocupes, ya voy. - Claro.
Voy.
Nuestra vida es un ramo de violetas que nunca se marchitará.
No está mal.
O bien,
que se marchitará si no creemos en ella.
Eso está mejor.
Las llaves están en la puerta.
Baronesa, este ramo…
¿Y bien? ¿Se te sigue dando bien entretener a las damas?
¿Aldo?
¿Has dormido bien?
Te he preparado un buen desayuno.
Aquí tienes.
¡El café de la señora está servido!
¿Me has llegado a ver tomar café?
No.
Pero podrías haber cambiado de costumbres.
Para el café no.
Bueno…
Quería preguntarte…
¿Me dejé algo de ropa aquí? Porque me gustaría…
En el desván.
En el desván.
Es muy amable por tu parte.
Aun así,
podrías haber escrito de vez en cuando.
Para saber de ti.
¿No crees?
No puedes escribir mientras ganas una fortuna.
Y, por supuesto, elegiste la fortuna.
¿Qué es esto?
Otra historia.
- ¿Debo fingir que me lo creo? - No hace falta.
- Pero, aun así, es oro. - Ya lo veo.
¿Tienes muchos de estos?
Luego te lo digo.
¡Joder! ¡Mierda!
¡Puto freno de mano!
Perdedor, ¿has vuelto a perder?
Hola, Aldo.
Hola, Éléonore.
Es curioso.
Últimamente, he tenido la sensación de que volverías.
¡Dios mío, qué reencuentro!
¡Agarraos fuerte u os perderéis!
¡Atropellaré al primero que se suelte!
Os dejaré solos.
Arreglaré esa mierda de freno de mano.
Ya verás a la próxima.
La última vez tampoco hubo suerte.
Un perro atravesó la pista.
¿Sabes? Te admiro, Éléonore.
No te sorprende nada.
Y tú, Aldo.
¿Sigues vendiendo ilusiones?
¿Y esto?
¿Es una ilusión?
¿Tienes muchas de esas?
- Luego te lo cuento. - Lo entiendo, solo tienes una.
Oye.
¿Ves esto?
Me esperan cinco iguales, llenas de pepitas.
- ¿Dónde? - En una cascada.
¡En una cascada!
Y, por supuesto, a miles de kilómetros de aquí.
Sí, en las Rocosas.
Aldo.
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