Les 200 premières lignes.
Quédate aquí y recuerda este momento.
No puede decir que no tiene dinero, acaba de vender el tapiz.
Nunca te daré este dinero. ¡Nunca!
Hicimos un trato. No permitiré que me chantajee.
No se confunda, Sr. Barón. El dinero en este caso es solo una excusa.
Lo que más me gusta de todo esto
es poder aniquilar a una persona como usted.
No sé si se conocen. Guillem de Lloberola,
- la Baronesa de Falset. - Un placer, Baronesa.
No puedo pedirte que me ames, pero te exijo que guardes las apariencias.
¿Se puede saber qué pretendes?
Soy el primogénito y el poco dinero que haya me corresponde a mí.
¡Mentiroso! ¡Eres un cerdo y un mentiroso!
- Rosa, por favor. - ¿Cómo has podido hacerme esto a mí?
¡Escucha, te lo devolveré todo!
BARCELONA, MAYO 1931
GRAN ACTO DE AFIRMACIÓN REPUBLICANA
- Tomàs, ¿estás bien? - Déjame.
No lo entiendo.
El padre nunca llega tarde.
No te preocupes.
Seguro que llega enseguida.
Siempre es puntual.
- ¿Ves? Ya está aquí. - Alabado sea el Señor.
Disculpen el retraso, Sres. Marqueses.
¿Qué ha pasado, padre?
Las monjas de nuestro convento, Sr. Marqués.
¿Qué les pasa?
He estado tratando de consolarlas y que el pánico no se expandiera.
¿Por qué razón?
Ayer en Madrid unos desaprensivos incendiaron algunos edificios religiosos.
- ¿Qué dice? - Hay heridos y algún muerto, Sr. Marqués.
Se han destruido bibliotecas centenarias e incendiado cuadros de Zurbarán.
¡Madre de Dios!
Pero la peor parte, Sr. Marqués, el mayor siniestro
ocurrió en el convento de San Fernando,
donde antes de incendiarlo, profanaron las tumbas de las hermanas muertas.
¡Sacrílegos!
Y arrojaron los restos a las hogueras encendidas en la calle.
¡Herejes, asesinos!
- ¡Eso es lo que son! - Por favor, Tomàs, tu corazón.
¡Maldita república!
¡Ojalá los maten a todos!
¡Todos al infierno!
¡Tomàs!
¡Tomàs!
¡Tomàs!
Tomàs, no me dejes. Tomàs.
Tomàs, no me dejes.
¡Tomàs!
Tomàs, no me dejes, Tomàs.
Amén.
Lo ha matado la república.
En el nombre de Dios, Yo, Tomàs de Lloberola i Serradell,
séptimo Marqués de Sitjà, cuarto de Vallromana.
Natural de Barcelona, casado y mayor de 25 años de edad,
hijo legítimo de Joaquim de Lloberola y Maria de Serradell, los dos difuntos,
en buen estado de salud, plenas facultades físicas e intelectuales,
con plena capacidad de obrar, expido,
dispongo y otorgo el presente testamento en los siguientes términos.
Guillem, ¿verdad?
A mi hijo Guillem de Lloberola le dejo
el reloj de oro de mi abuelo.
A mi esposa, Leocàdia,
le dejo todos los muebles y pertenencias personales
para que puedan ser vendidos y con el dinero que se obtenga
pueda pasar el resto de su vida en un convento de clausura.
A mi hijo Frederic, el primogénito, le dejo
todas las tierras de la familia.
Finalmente, a mi confesor y querido amigo, monseñor Claramunt,
le dejo la cantidad de 150 000 pesetas para que las gestione
e invierta en obras según el orden que represente su conveniencia.
- ¿Ya está? - Eso es todo.
¿Me está diciendo que mi padre me ha dejado unas tierras arrendadas
por 100 años, que ni siquiera podrá vender mi hija?
- Vamos, madre. - Es la última voluntad de su padre.
¡Qué vergüenza! ¡Maldito viejo beato!
- Le ruego que se calme, señor. - ¡Cómo quiere que me calme, por favor!
Este documento es fruto de un crimen, un abuso
de un cura usurero que ha engañado a mi padre durante toda su vida.
- Vamos, madre, mejor que no escuche esto. - ¡Cállate, hipócrita!
¡Hipócrita mentiroso!
¡Ese dinero es mío! ¡Me pertenece! ¡Soy el primogénito!
Tranquilo, Frederic. Mi madre se ocupará de todo.
¡No pienso dejarme humillar por tu madre nunca más!
¡Déjame! ¡Dejadme todos!
¡Una vergüenza de familia!
Si no tienes dinero para divorciarte, ¿cómo quieres que nos casemos?
Tienes razón. No podremos casarnos,
pero podemos vivir juntos.
Ahora ya no está tan mal visto.
Para algo tenía que servir esta maldita república, ¿no?
¿Y dónde viviríamos, si se puede saber?
Aquí.
¡Ya!
- Podría ayudarte con el negocio. - ¿Ah, sí?
¿Qué harías?
Recibir a los clientes, por ejemplo.
¡Sí, claro!
¡Tus ex-amigos del Círculo encantados
de que les ayudes a bajarse los pantalones!
¿O te refieres a recibir a sus hijas
que vienen por la mañana a deshacerse de las criaturas que llevan en su vientre?
Rosa, por favor.
Por favor, Rosa. No.
Podemos ser felices, tú y yo.
Nos queremos.
Es curioso que hasta ayer necesitabas saber qué te dejaba tu padre
para ver si podías permitirte el divorcio y nuestra boda.
En cambio hoy, ya no importa ni el dinero ni la boda ni nada.
Hoy resulta que nuestro amor está por encima de todo.
Sí.
Lo está.
Hace veinte años renunciaste a nuestro amor por dinero.
Ahora yo voy a hacer exactamente lo mismo.
Lo siento, no necesito un pobre hombre que quiere que lo mantenga.
No olvides que soy un Lloberola.
Soy un Lloberola.
Eso mismo.
Un pobre hombre que además no sabe qué hacer para dejar de serlo,
excepto vivir de los demás.
De acuerdo.
No te necesito para nada.
¿Te piensas que quiero pasar el resto de mi vida viviendo...
en este piso?
Mírate.
Mírate, por favor. Nadie quiere pagar para estar contigo.
¿Y tú te has mirado?
Cada día te pareces más a tu padre, un hombre patético e impotente.
Nunca volverás a verme.
¡Me voy de esta maldita ciudad!
- ¿Ah, sí? ¿A dónde piensas ir? - Al castillo de los Lloberola.
A mi castillo.
A mi castillo.
28 000 pesetas, se las dejo aquí. Mañana vendremos a recoger lo que queda.
Créame que ha hecho un buen trato, Sr. de Lloberola.
Lo creo. Ya puede marcharse, gracias. Que tenga un buen día.
Que tenga un buen día.
Tenga, madre.
Esto cubrirá su manutención en el convento.
Dese prisa, el taxi está esperando.
Adiós, madre, cuídese mucho.
¿No me acompañas?
Lo siento, madre. Tengo una reunión de negocios.
¿Vendrás a verme?
Por aquí, Sr. de Lloberola.
Es una habitación muy grande, tiene mucha luz
y tiene una salita donde puede recibir a quién quiera.
No encontrará nada mejor por este precio.
- Tenga, se le ha caído. - Muy amable, pero no es mío.
Lo siento, como estaba a su lado pensé que quizás...
Debe ser de otra persona. No es mío.
Disculpe, ¿nos conocemos?
Sí, Sra. Baronesa. Soy Guillem de Lloberola.
Nos conocimos en casa de la Sra. Hortènsia hace tiempo.
Sí, ya me acuerdo.
Hace más de un año
Es un día que nunca podré olvidar.
Un infierno.
- ¿Qué hace? - Seguirla.
¿Por qué no se ha presentado?
Quería ofrecerle el placer de no ser reconocida.
¿Cómo?
Pensé que le haría gracia a una mujer tan popular como usted
encontrar a un hombre que no la conociera sino que además
la confundiera con una...
mujer de la calle.
¿Qué?
Siento mucho si la he molestado, Baronesa.
Le aseguro que no era mi intención. Mi atrevimiento es fruto de la caridad.
Quiero decir que todo el mundo la ve como la viuda del Barón,
como la señora intocable y distinguida que es.
Perdone si tengo demasiada imaginación,
pero pienso que tiene que ser muy aburrido
que todo el mundo la vea así, cada día y a todas horas.
¿Quién no querría interpretar un papel diferente del que la vida nos ha dado?
¡No sería divertido poder ser, por un tiempo, un pirata,
Napoleón, Cleopatra, una virgen embarazada
o una mujer que se pudiera comprar por 50 pesetas!
- Tiene mucha imaginación, usted. - Lo siento, Baronesa.
- ¿Quizás le he molestado? - No, no me ha molestado.
Simplemente me parece que usted es...
muy original.
¿No lo somos todos, Baronesa?
Que le vaya bien, Sr. de Lloberola.
Que lo pase bien, Baronesa.
Ahora no, Sra. Eulàlia, estoy ocupado.
Soy yo, tío. Maria Lluïsa. Abre, por favor.
¡Tío, ayúdame!
Tranquila, preciosa. Todo se puede solucionar.
¿Qué ha pasado?
No quiero terminar como mamá.
No quiero que me casen con el primero que pase por delante,
pero la abuela dice que ya es hora de que me mantenga otro.
- ¿Y eso sería tan malo? - Sí, claro que sí.
No quiero que nadie me mantenga.
Quiero ser independiente y valerme por mí misma.
Tío, necesito que me ayudes a encontrar un trabajo.
- ¿Un trabajo? - No me mires así.
Todo ha cambiado.
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