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Todos los cardenales estábamos en el cónclave.
Estábamos en la cuarta votación, en el famoso estancamiento total.
Miré al cardenal Dussolier,
opción improbable para el papado,
nos conocemos desde que éramos niños,
hemos compartido todo sufrimiento imaginable.
Miré al alto y encorvado cardenal Spencer, mi mentor,
el más papable de todos, con su aspecto de sabio.
Siempre he sospechado de la sabiduría.
Estoy seguro de que él ya estaba redactando su primer discurso papal
en su cabeza, incluso componiendo su primera encíclica.
Los miré y los miré.
Y entonces recé a Dios.
Hizo bien en rezar.
De todos modos, es el Espíritu Santo el que debe iluminar...
Esta fue la oración que murmuré entre dientes:
Señor, no me importa con que medios, lícitos o ilícitos,
todos me sirven, no me importa el Espíritu Santo,
si él me ilumina o no,
no me importa nada, no me importan tus opiniones,
o si estoy a la altura,
o si soy un desconocido, o una sorpresa,
no me importa si piensas que soy débil,
o un sinvergüenza, no me importa querer al prójimo como a mí mismo,
nunca querré al prójimo como a mí mismo,
solo me importa una cosa, Señor,
que yo, no los otros, pueda ser útil para ti.
Recé más, más fuerte esta vez.
Estaba rezando tan fuerte que casi me cago en los pantalones.
Tuve que pegar el culo a la silla para no montar un desastre,
miré fijamente, directamente a Dussolier y dije: Dios, él no, yo.
Miré a Spencer y dije: Dios, él no, yo.
Debí recitar esas palabras miles de veces
antes de que abriesen la votación otra vez,
como un mantra: él no, yo, él no, yo, él no, yo, él no, yo.
Y entonces, hacia el final: ellos no, yo.
Y ahora yo soy el papa.
No ellos.
Yo.
La hermana María lo llamaría un milagro.
Otros lo llamarían la respuesta a una oración.
Pero yo no sé cómo llamarlo.
Todos se pusieron blancos cuando escucharon el nombre que había elegido,
y me deleité con su miedo.
Estaban empezando a darse cuenta de quién soy yo,
porque ese es el enorme error que cometieron:
eligieron a un papa que no conocían.
Y que desde hoy empezarán a conocer.
Ese es su tremendo pecado:
escogieron a un papa que creían conocer.
Dije mi nuevo nombre, Pío XIII,
y se olvidaron de dar las gracias a Dios porque pensaron
que Dios había fallado iluminándolos.
Olvidé dar gracias a Dios, porque no creía
que los hubiese iluminado.
Me quiero a mí, más que al prójimo, más que a Dios,
creo solo en mí mismo, yo soy el señor omnipotente:
¡Lenny, te has iluminado a ti mismo! ¡Joder!
Traducción y subtítulos: PEPPER & LALASPAIN *** SONG LIVES FOR EVER ***
¡Teníamos un trato, Angelo!
Yo el papa, tú ratificado como secretario de Estado.
El equilibrio perfecto.
Pero rompiste nuestro acuerdo.
Te sacaste a ese niño de debajo de la manga.
Mi propio estudiante.
¡Eres una verdadera mierda!
No estás preparado para manejarlo, lo sabes.
Te tienes que haber dado cuenta ya, después de la homilía que ha dado.
¡Cuán estúpido puedes ser!
Tenías tanto miedo de mi extremismo,
que se te olvido una obvia verdad:
los jóvenes son siempre más extremos que los viejos.
Pero hay otra verdad, Michael.
¿Qué otra verdad?
¿Que tenías miedo de que el viejo Spencer estaría más allá de tu control?
Bien, pues ahora tienes a un joven Spencer.
La Iglesia va a estar en esta crisis por mucho tiempo.
Y ni siquiera te ha ratificado.
No lo entiendo, ¿qué sacas con todo esto?
No lo entiendes porque no me permites
decirte la verdad.
- ¿Y cuál sería esa verdad? - Yo no conspiré contra ti.
No dirigí a mis hombres a votar por Belardo.
Claro, dejé que creyesen que fue así,
para mantener mi poder.
Pero no fue así como pasó.
En cierto momento, sin que nadie diese instrucciones,
Belardo empezó a ganar votos.
Esa es la inconfesable verdad, Michael.
¡No me jodas, Angelo!
¿Qué quieres que crea?
Que fuimos testigos...
de un soplo del Espíritu Santo.
Lo creo, Michael, de verdad.
Creo que el Espíritu Santo sopló.
Estás loco.
Michael, el Espíritu Santo sopló.
Perdóname, Señor, porque soy imperdonable.
No es cierto que yo me ilumine a mí mismo. Tú me iluminas.
No es verdad que me siento omnipotente.
Tú eres el Señor omnipotente.
No es verdad que no me importa nada.
Lo único que me importa eres tú.
Solo tú.
Y si me olvidé de darte las gracias, te doy las gracias ahora.
Y si he pecado de presuntuosidad, te pido que me perdones ahora.
Y si he engañado al pobre Don Tommaso,
te pido que me perdones ahora.
Y si he asustado a la gente, te pido que me perdones ahora.
Y si he deseado el daño para Spencer y Dussolier,
te pido que también me dañes a mí.
Y si he abusado de mi poder, te pido que me lo quites ahora.
Perdóname, Señor, ilumíname.
Dame las palabras para los cardenales.
Mi discurso se refiere a ti.
Mis palabras son tus palabras.
Sigo rezándote para que algo pase,
entonces ¿por qué esta sensación horrible de que nunca sucede nada?
Ya sé. Díctame, Señor.
Sí, díctamelo.
Siempre he sido bueno tomando notas, tú lo sabes.
Lo sabes.
Su Excelencia ¿Puedo jugar con los coches en su alfombra?
¡"Excelencia" se lo puedes decir a tu madre!
A mí me tienes que llamar Eminencia.
Eminencia, puedo...
¿Sabes lo mucho que vale esa alfombra?
El doble del PIB de todo tu país.
Azúcar de caña para mí, por favor.
Tienes que comprarte tu propio azúcar de caña, Aguirre,
porque francamente esa cosa me da ganas de vomitar.
Han sido cuatrocientos años
sin que un papa tomase una postura tan hostil con los fieles.
En cualquier caso, tengo que hablar con el papa pronto.
Voy a intentar adivinar sus intenciones.
¿"Adivinar sus intenciones"?
Voiello, tú dijiste: Yo os informo a vosotros, el papa a mí.
Su discurso fue solo un paso en falso.
Tenemos un joven papa.
¿Has leído los periódicos?
Todos se preguntan: "¿Qué está haciendo el cardenal secretario de Estado?".
Sé lo que hacer.
Lo que necesitamos es un gesto dramático...
Voiello, tienes que presentar tu renuncia hoy.
¡Excelente!
Eso es lo que harás, Voiello.
Es un milagro genuino que esta asamblea haya generado una idea.
Una idea de primer nivel.
Estoy dispuesto a apostar, a que a raíz de mi homilía,
está listo para entregar su renuncia.
Ni siquiera pensé en ella, Santo Padre.
¿Le dolió no oír la homilía que redactó para mí?
La frustración no es una emoción que pertenezca
al secretario de Estado.
- ¿Le gustó mi homilía? - Ese no es el tema.
Entonces oigamos el tema.
El tema es que los fieles están,
por usar un eufemismo, sorprendidos.
Más que sorprendidos, están abrumados.
Dios abruma.
Dios asusta.
¿Prioridades?
Su discurso a nuestros hermanos cardenales.
A su debido momento ¿Algo más?
El caso Kurtwell, Santo Padre.
La gran patata caliente.
Exactamente, Santo Padre.
Su predecesor no tuvo tiempo de poner a alguien
al cargo de este delicado asunto.
Pero yo lo haré. A su debido tiempo.
Con todos los respetos, Santo Padre, el momento es "ahora".
Las acusaciones de abuso de menores son detalladas y vergonzantes
y la actitud de Kurtwell es desafiante e insolente, cuanto menos.
¿Algo más?
Santo Padre, es mi deber informarle que la prensa y las noticias,
que han estado atacándonos después de su discurso inaugural,
han entrado en una nueva fase en la cual nos piden que aclaremos
el significado de sus declaraciones.
Típica reacción plebeya: odiar aquello que no entienden.
¿Cómo vamos a exponer que la prensa mundial
tiene dificultad comprendiendo los conceptos básicos?
Una posible concesión sería montar una conferencia de prensa
- para explicar las cosas. - Yo no aparezco, yo no explico.
No usted, Santo Padre.
Puedo ir yo mismo a dar una entrevista.
Ya no damos entrevistas, Eminencia.
Las únicas entrevistas que damos son a Dios.
Muy mal que aún no haya pedido ninguna, sería toda una exclusiva.
Santo Padre, la prensa suplica una foto de usted.
No.
Santo Padre, es el cardenal Ozolins.
Hágalo pasar. Estaba esperándolo.
¿Deseaba verme, Su Santidad?
Sí, y por última vez, Ozolins.
Venga conmigo.
Ahora...
cierre los ojos y escoja su nuevo destino.
¿Qué he hecho mal, Santo Padre?
Nada.
Es solo que su rol bajo el mandato de los tres anteriores papas
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