처음 200줄입니다.
Ésta es la frontera entre Egipto e Israel.
Tal como es hoy era 1.000 años antes del nacimiento de Jesús de Nazaret.
Incluso en aquella época, las fronteras ardían con el fuego del odio y la guerra.
Ambos bandos se vanagloriaban de la eficiencia de sus espías,
pero se mantenían siempre alerta.
Soldados de David al mando de Adonías, su hijo y heredero, príncipe de Israel.
- Un carro se acerca por el camino. - Detén a ese insensato, sea quien sea.
- Príncipe Salomón. - ¿Está aquí mi hermano?
El príncipe Adonías está en la cima de la colina. Seguidme.
¿Qué haces tú aquí?
Dicen que los egipcios están al acecho. Pensé que podrías necesitar ayuda.
Tú estás más dotado para el canto que para la batalla.
Nuestro padre, David, también cantaba y era a la vez un poderoso guerrero.
- ¿Dónde están los egipcios? - Quieren tenderme una trampa,
asaltar nuestro campamento y matarnos mientras dormimos, pero no dormimos.
- Estoy a tus órdenes. - Éste no es tu juego, hermano.
Nunca ha sido un juego. Pienso luchar a tu lado.
- Sea, por la espada de la victoria. - Y por el escudo de Dios.
Dispersaos y matadlos a todos.
Ataquemos ahora.
Toca retirada.
Una vez más, el faraón tendrá motivos para recordar el nombre de Adonías.
Que lo escriba con la sangre de sus muertos.
Esta tierra lleva mucho tiempo sumida en un baño de sangre.
Cuando ha acabado la batalla, ¿ya no te agrada la sangre?
Tras saborear la gloria de la victoria, se puede conocer la gloria de la paz.
La paz es para las mujeres y los niños.
Me quitaré de la boca el hedor de esos egipcios.
Por la nueva victoria del príncipe de Israel.
Por el príncipe guerrero, Adonías.
Por tu gloria y por que ésta aumente la gloria de Israel.
La gloria sería aún mayor si no me viese constreñido por el mando de mi padre.
Defendemos, pero nunca atacamos.
Cuando yo sea rey, mis enemigos no gozarán de santuario alguno.
Los perseguiré hasta sus ciudades.
- Los cazaremos como a perros. - Haremos que salgan corriendo.
Alteza, a éste lo hemos encontrado entre los muertos, pero no es egipcio.
Dejadlo en el suelo.
El faraón tiene mercenarios, pero nunca he visto uno como él.
- ¿De dónde vienes? - Tengo el honor de servir a su majestad,
- la reina de Saba. - ¿La reina de Saba?
Saba está muy lejos, a 800 leguas.
Dondequiera que vaya la reina de Saba, allí iremos los soldados de su guardia.
- ¿Por qué luchas contra Israel? - Lucho donde lo ordena mi reina,
y era el deseo de mi reina enviar a sus tropas contra los bárbaros.
Le enviaré tu pellejo a tu audaz reina como prueba de mi estima.
No. Mostrémosle el respeto que se deben los soldados.
Vendadle las heridas.
Está bien, le perdono la vida.
Respetaré el tierno corazón de mi querido hermano.
Esa reina se divierte enviando soldados
para matar israelitas como el que va al circo.
Dudo que aquí se divirtiese mucho.
Hezrai.
Vaya, el chambelán del rey. ¿Más órdenes de su majestad?
No, alteza. De ser así, mi misión sería mucho más agradable.
Vuestro padre, el rey David, está en su lecho de muerte.
Entró en coma hace dos días y no recupera la consciencia.
Según sus médicos, no hay ninguna esperanza.
Josías, partimos hacia Jerusalén.
- Salve, Adonías, rey de Israel. - Salve, Adonías. Larga vida al rey.
No tenéis derecho a proclamarlo. Esto es lo que dicen las escrituras:
"Habrá de ser ungido con las aguas del Gihón
y coronado en presencia del sumo sacerdote y el consejo de ancianos".
Tu ley es la palabra. La mía es la espada.
¿Por qué te quedas callado? ¿Acaso no soy el heredero de David?
- ¿No te preocupa nada nuestro padre? - La vida es para los vivos.
Cuando sepa que David no vive, seré el primero en llamarte rey.
Os seguiré, alteza.
Llegaremos a Jerusalén mañana al amanecer.
Que Salomón sufra por los muertos. Mis pensamientos son para los vivos.
Deseo hablar con esa reina de Saba.
Si galopamos, nos adelantaremos a ella.
¡A los caballos!
¡Adelante!
¡Alto!
¡Apartaos!
En Israel, las órdenes las doy yo.
Lamento no haberte conocido anoche, cuando visitaste mi campamento.
¿Quién eres?
- El rey de Israel. - Miente. Es un impostor.
El rey es un anciano debilitado por la edad.
¿Por esa razón se te ocurrió aliarte con los egipcios para invadir mi reino?
Concédeme permiso y los apartaré del camino.
¿Crees que podrás mejorar lo de anoche?
David ha muerto en Jerusalén. Yo, Adonías, soy su heredero.
- No queremos tratos con israelitas. - Deja que hable, Baltor.
- ¿Acaso deseas un presente? - Si hablásemos de presentes,
- traería las cabezas de tus muertos. - ¡Matadlo!
- Tu propia cabeza corre peligro. - Silencio, Haran.
No te he seguido para pedir nada, sino para hacerte yo un presente.
¿Qué presente podría hacerle un israelita a la reina de Saba?
Un reino dos veces mayor que el que ahora gobierna.
Renuncia a la alianza con el faraón. Que nuestros estandartes se alcen juntos.
Cuando derroque al faraón, te daré las tierras que limitan con las tuyas.
¿Y si rechazo tu generosidad?
Te arrojaré al mismo polvo en que se ahogará el faraón.
La elección es tuya. Gloria con Israel o desastre con Egipto.
Eres un perro.
Mis ancestros se sentaban en el trono de un gran país
cuando los tuyos aún se arrastraban por el suelo, alimentándose de insectos.
- ¿Es ésa tu respuesta? - Ésta es mi respuesta.
¡Salve, rey de Israel!
JERUSALÉN
- ¿Llego a tiempo, Abisag? - Todavía vive.
Tu madre y yo no nos hemos apartado de su lado.
- Debemos conservar la esperanza. - Mis plegarias han sido escuchadas.
Estás aquí para que tu padre pueda darte su bendición.
- Madre. - Hijo mío.
No desesperes.
- ¿Hay alguna esperanza? - Aún le late el corazón,
pero su respiración es tan leve que no deja marca en el metal.
Mi padre. Mi rey.
Que mis oraciones logren que vuelvas de las sombras.
La paz del Señor.
Tu rostro siempre está presente en mis sueños.
Ahora estoy aquí, padre.
- ¿Dónde está tu hermano? - Se ha quedado con sus tropas.
Por encima de todo, siempre soldado.
Hazle saber que ordeno que vuelva.
Lo haré.
Ahora, has de descansar hasta recuperar las fuerzas.
- Que venga Natán el profeta. - Aquí estoy, mi rey.
Convoca a los ancianos de las 12 tribus y al consejo.
He tenido una visión de Dios.
Habéis sido convocados aquí por orden del rey. Escuchadle.
¿No hay noticias de los mensajeros que enviamos para traer a Adonías?
No, no ha regresado ninguno.
Entonces, empezaré sin él.
He sido vuestro rey durante 40 años.
Yo he sido vuestro padre y vosotros mis queridos hijos.
Si exceptuamos mi recuerdo, que vivirá en vuestros corazones,
sólo os dejo un monumento: La unidad de Israel.
El símbolo de las 12 tribus que un día rivalizaron por dominar a las demás.
Pero ahora vosotros, los ancianos de las tribus, estáis ante mí juntos,
formando una unidad indestructible.
Tú fuiste el último en llevar a tu tribu a la unión, Ahab.
Como prueba de tu lealtad, me entregaste a tu única hija, Abisag.
La he amado y respetado como si fuese mi propia hija,
al igual que he amado y respetado Israel,
del que ahora ella es el símbolo vivo.
Ha hecho honor a mi nombre.
Y al nombre de David.
El fin de mis días está próximo.
Pero el día de Israel apenas ha amanecido.
Ahora, debo dejarle sitio a otro para que me suceda en el trono.
¡No, sigue siendo el rey!
No.
- Su alteza, el príncipe Adonías. - ¿Adonías?
He cabalgado como una furia para asistir a este consejo
desde que recibí tus órdenes.
Contemplad mis dos mitades.
El soldado.
Y el poeta.
Os he amado mucho a los dos.
Decidme.
- ¿Hay celos entre vosotros? - No.
¿Celos de qué? ¿Acaso siento deseos de convertirme en un gran erudito?
Adonías está destinado a reinar y yo seré su más leal servidor.
Es Dios quien rige los destinos de todas sus criaturas, hijo mío.
Estando en mi lecho de muerte,
una voz grave se dirigió a mí entre las tinieblas y me dijo:
"Yo soy el Señor, vuestro Dios, quien te ha sentado en el trono".
"Escucha mis palabras:
Israel prosperará y será grande en la paz, no en la guerra".
Y otra vez, nuestro Jehová habló con su siervo David:
"Has tenido un hijo, un hombre de paz,
al que has llamado Salomón".
"Yo estableceré su reino eterno".
- El reino es mío. - No es la voluntad de Dios.
Veo que has aprovechado el tiempo que has pasado con él.
Has usado su debilidad contra mí.
- Yo no sabía nada. - Mientes.
- Siempre fuiste hábil de palabra. - Tu acusación es falsa.
¿Le prefieres a él? La elección debería ser suya.
- Que elijan ellos. - Sí, escuchadnos.
- ¿Qué decís, ancianos? - Aceptamos la voluntad de Dios.
- La corona es mía y lucharé por ella. - Adonías es el heredero legítimo.
Si empleas la violencia, la ira de Dios caerá sobre ti.
- Créeme, nunca he obrado contra ti. - Palabras de un hipócrita.
¿Acaso no eres tú el hipócrita, al venir a ver a tu padre?
Osaste proclamarte rey sabiendo que todavía vivía.
¿Dice Hezrai la verdad?
No sabía que le enviases para espiarme.
¿No podías esperar a mi muerte?
- Estoy cansado de esperar. - Un rey debe respetar y acatar la ley.
Al autoproclamarte monarca, has incumplido todas las leyes.
¡Reclamaba una corona que es mía y jamás renunciaré a ese derecho!
¿Cuánto tiempo tardarán en ver su incompetencia?
¿Salomón, rey? Imposible.
Ahora nos ha sido revelado, por boca del propio Adonías,
por qué Dios le ha dado la espalda.
La sabiduría de Dios está más allá del entendimiento.
Está escrito y así será.
Traedme las aguas del Gihón
y aquí, tal como ordena Dios,
nombraré a Salomón rey de Israel.
Por la gracia de Dios.
Arrodíllate, Adonías, en el nombre de Dios.
Nunca. Me arrodillaría frente al faraón
No comments yet. Be the first to leave one.