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Mamá.
- ¿Qué? - Se me ha roto el orinal.
No pasa nada. Ya haremos otro.
¿Quieres ir a la letrina?
Salvador.
Ya, ya.
Vamos.
¡Sal!
¡Venga!
¡Que salgas ya!
Vamos, Diego.
Cariño.
¿Qué pasa? ¿No te puedes dormir?
Anda, ven aquí.
¡Qué fríos tienes los pies!
Y tú también.
No, tú los tienes más fríos.
No, tú más.
- Buenas noches, mamá. - Buenas noches.
Hazlo como yo.
Venga, Diego. Dale.
Dale.
Dale. ¡Dale fuerte!
¡Sin miedo! ¡Venga!
¡Venga! ¡Vamos, Diego!
¡No!
¡No!
¡Diego!
- No lo hagas si no quieres. - Debe aprender a ser un hombre.
Ya, pero no tiene por qué ser hoy.
Sí, sí tiene que ser hoy. Ven aquí, Diego.
Ven, hijo. Ayúdame a pelar patatas.
Vamos.
Hoy vamos a comer huevos fritos ¡con patatas!
- Vale. -
Mira, fíjate. Por aquí las hojas están bien.
Hijo, atiéndeme. Mira. ¿Ves?
Pues por dentro… Ahí están los pulgones. ¿Lo ves?
- Mm… Mamá. - ¿Qué?
¿Qué le pasará al conejo que ha cruzado los límites?
¿Para qué sirven los postes que puso tu padre?
Para recordarnos que más allá solo hay guerra.
Pues nada bueno puede pasarle.
¿Y las personas?
¿Se mueren igual que los conejos y las cabras del corral?
¿Qué quieres decir?
Que si desaparecen para siempre.
- Sí. - ¿Jamás las vuelves a ver?
Bueno, si cierras los ojos, siempre podrás verlos.
¿Vamos a darles de comer a los conejos? ¡Vamos!
Pasa, hijo.
¡Hola!
¿Qué tal habéis dormido?
¿Bien? Bueno, aquí tenéis el desayuno.
Espera. ¡Espera, espera!
¡Coge de ahí!
Madre m… ¡Madre mía, lo que has aguantado, hijo!
- ¿Cuánto he aguantado? - Veintitrés. Se te pondrá cara de besugo.
¿Qué tal se han portado contigo, León? Bueno, ya les diré yo algo, León.
Porque tú eres chiquitín todavía.
Así, así y así.
Así, así y así.
- ¿Echamos una carrera? - Vale.
¡Diego!
- ¿Qué haces ahí espiándome? Anda, pasa. - ¿Y ese vestido?
Este vestido me lo regaló tu padre.
Lo hizo con sus propias manos antes de venir aquí.
¿Y por qué no te lo has puesto nunca?
Pide un deseo.
A ver.
- ¡Mmm! - ¡Mmm!
No sé cómo va.
Muy fácil. Mira.
Con esta palanca, abres.
Metes aquí un cartucho.
Aquí el otro.
Cierras.
Con fuerza, apuntas.
Y disparas.
¿Has entendido?
- Sí, papá. - Vamos a probarla.
Es un regalo para cuando seas mayor.
- El chico ya es mayor. - No, no lo es.
Diego, ven conmigo.
Diego. ¿Quieres mi regalo?
Aquí ya no puedo más.
Póntelo en la oreja.
Voy.
Veo, veo.
Que tienes que contestar.
- Veo, veo. - ¿Qué ves?
Una cosita.
¿De qué color es?
De color…
Pues, esa misma noche, un ruido en la puerta les sorprendió.
"María,
¡dame las entrañas que me quitaste!".
Y él dijo: "Mamá, ¿quién será? ¿Quién será?".
"Cállate, hijo, que ya se irá".
"No me voy,
que subiendo las escaleras estoy".
Luego… ¡Oh!
Alguien arañando los cristales.
Una respiración a los pies de la cama.
"¡María, devuélveme las entrañas que me quitaste!".
Te has asustado, ¿eh?
Cuéntame otro cuento.
Venga, a ver. ¿Cuál?
- ¿El del pastor y el ogro? - No.
¿El del diablo de los tres pelos?
Cuenta la leyenda…
- que hay una bestia maligna. - Ese no, por favor.
Hay una bestia maligna que camina por el mundo
en busca de las personas más frágiles.
Salvador.
No vuelvas a interrumpirme.
Es un ser alto,
tiene los huesos de la cara hundidos.
Y no tiene ojos en las cuencas.
Pero te mira.
Cuando la bestia encuentra a una víctima,
empieza a rodearla lentamente.
Cuanto más la temes, más se acerca.
¿Lo entiendes?
Se alimenta de nuestro miedo.
La gente dice que es mentira,
pero yo sé que no lo es.
- Mi hermana… - Salvador, por favor. Ya está.
Papá, ¿la vio?
¡Que ya está! Ya está bien por hoy. Vamos a la cama.
Vamos. A dormir.
¡Papá!
¡Papá!
Vete para casa.
Diego, ¡vete a casa!
Salvador, ¿qué haces?
Se quedó sin balas.
- ¡Idos! - ¿Qué vas a hacer?
Intentar curarlo.
Salvador, por favor.
¿Y si está huyendo?
Venga, vamos.
- ¿Va a entrar en casa? - Claro que no.
Esto se lo han hecho otros hombres.
Sí.
¿Y sabes por qué?
Porque ahí fuera solo hay gente mala que hace daño a los demás.
¿Cantamos?
Venga, canta conmigo.
¿La has quitado?
- Sí, es que me ha salido mal. - Venga, empieza otra vez.
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