The Wonderful Story of Henry Sugar

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Diterbitkan pada: 2023-09-28
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Mmm. Sí.

Bien, aquí estamos en la cabaña donde escribo.

Hace ya 30 años que estoy aquí.

LA MARAVILLOSA HISTORIA DE HENRY SUGAR DE ROALD DAHL

Es importante, antes de empezar,

quiero asegurarme de tener cerca todo lo necesario.

Cigarrillos, por supuesto, algo de café, chocolates.

Y siempre me aseguro de tener un lápiz afilado antes de empezar.

Tengo seis lápices, y me gusta limpiar mi tabla de escribir.

Ver los trocitos de borrador.

Listo.

Y, finalmente, uno comienza.

Suele... requerir algunas correcciones.

Sí.

Henry Sugar tenía 41 años, era soltero y rico.

Era rico porque su padre era rico y había muerto.

Era soltero porque no compartiría su dinero con una esposa.

Medía 1.87 m y quizá no era tan apuesto como él creía.

Prestaba mucha atención a su ropa.

Se hacía sus trajes con un sastre caro, sus camisas con un camisero

y sus zapatos con un zapatero.

Su peluquero le cortaba el pelo cada diez días

y siempre se hacía una manicura al mismo tiempo.

Conducía un automóvil Ferrari

que le costó lo mismo que una casa de campo.

Todos sus amigos eran ricos y no había trabajado ni un día de su vida.

Los hombres como Henry Sugar van a la deriva como algas por el mundo.

No son particularmente malos, pero tampoco son buenos.

Simplemente son parte de la decoración.

Todos los ricos como Henry, claro,

comparten una particularidad: la urgente necesidad de hacerse más ricos.

Diez millones jamás son suficientes. Ni 20 millones.

Adolecen del insaciable deseo de tener más dinero

y del terror de amanecer un día sin dinero en el banco.

Ellos emplean varios métodos para aumentar su fortuna.

CASA GIPSY

Algunos compran acciones y las ven subir y bajar.

Otros compran tierras, arte o diamantes, o apuestan en juegos de azar, caballos.

Algunos apuestan en lo que sea.

Henry Sugar era de esos, y la trampa no le era ajena, por cierto.

Un fin de semana,

Henry fue de Londres al campo a alojarse con sir William W.

La casa era magnífica, y los jardines,

pero cuando Henry llegó aquel sábado ya llovía a cántaros.

El anfitrión y sus demás invitados pasaron la tarde jugando

mientras Henry miraba, sombrío, la lluvia salpicar las ventanas.

Henry salió del salón hacia el vestíbulo.

Vagó sin rumbo por la casa y al final deambuló hacia la biblioteca.

El padre de sir William era coleccionista de libros, y todos los muros

estaban repletos de volúmenes antiguos empastados en piel.

No le interesaban. Solo leía novelas de detectives y de suspenso.

No había nada así aquí.

Estaba por irse cuando observó algo muy distinto,

tan delgado que no lo habría notado de no haber sobresalido entre los libros.

Lo tomó de la repisa.

Era una libreta de ejercicios como las de los niños de escuela.

La portada era azul, no tenía nada escrito.

En la primera página, escrito a mano con tinta negra, decía:

UN INFORME DE IMDAD KHAN

HOMBRE QUE VE SIN SUS OJOS POR EL DR. Z. Z. CHATTERJEE

Qué extraño. Qué raro. ¿Qué es esto?

Se acomodó en un sillón y comenzó desde el principio.

A continuación: lo que Henry leyó en la pequeña libreta azul.

Soy Z. Z. Chatterjee, cirujano del Hospital Lords and Ladies de Calcuta.

La mañana del 2 de diciembre de 1935, bebía té en la sala de médicos.

Había otros tres médicos conmigo: Marshall, Mitra y Macfarlane.

Tocan a la puerta.

"Adelante", dije.

Disculpen, por favor. ¿Puedo pedirles un favor, caballeros?

"Es una sala privada", dije.

Lo sé. Lamento entrar así,

pero tengo, creo, algo muy interesante que mostrarles.

Estábamos molestos, pero no dijimos nada.

Caballeros, soy un hombre que puede ver sin sus ojos.

Era pequeño, de unos 60 años,

bigote blanco y mechas de pelo negro sobre las orejas.

Pónganme 50 vendajes en la cabeza, como deseen,

y aun así podré leerles un libro.

Parecía muy serio. Mi curiosidad empezó a despertarse.

Pase, por favor.

De acuerdo. ¿Cuántos dedos le muestra el Dr. Marshall?

- Siete. - "Otra vez", dije.

- Nueve. - "Otra vez", dije.

- Tres. - "Otra vez".

- Tres de nuevo. - Otra vez.

Ninguno.

- ¿Cuál es el truco? - No hay tal.

Es genuino y lo logré con años de entrenamiento.

¿De qué tipo?

Disculpe, señor, eso es un asunto privado.

¿Cómo podemos ayudarle?

Trabajo en un teatro itinerante. Llegamos hoy a Calcuta.

Hoy es la función de estreno en el Royal Palace Hall.

El programa dice: Imdad Khan, Hombre que ve sin sus ojos.

Al llegar la compañía a una ciudad, voy al hospital más grande

y les pido a los médicos que me venden los ojos concienzudamente.

Es importante que lo hagan médicos, si no, la gente creerá que hago trampa.

Luego salgo a la calle y hago algo peligroso.

Miré a los otros médicos.

Mitra y Macfarlane debían ir con sus pacientes. Vayan.

- Pero Marshall dijo... - ¿Por qué no? Hagámoslo bien.

Asegurémonos de que no vea nada.

Son muy amables. Hagan lo que deseen.

"Antes de vendarlo", dije, "pongámosle algo suave y sólido en los ojos".

- ¿Masa? - Perfecto. Ve a la panadería.

Yo sellaré sus párpados.

Llevé a Imdad por el pasillo al quirófano. "Acuéstese ahí", dije.

Tomé una botellita de colodión del armario.

- Le pegaré los párpados con esto. - ¿Y cómo me lo quito?

Unos toques de alcohol bajo las pestañas. Eso lo disolverá.

Cierre los ojos mientras se endurece.

Pasaron dos minutos. "Intente abrir los ojos", dije. No pudo.

Tomé un poco de masa y la puse sobre uno de los ojos de Imdad.

Llené toda la cuenca y la masa cubrió también la piel alrededor.

Hice lo mismo con el otro ojo. Presioné los bordes con fuerza.

- ¿No es muy incómodo? - En absoluto, gracias.

"Véndalo tú", le dije a Marshall. Tengo los dedos pegajosos.

Con gusto. Pondremos estos aquí...

El Dr. Marshall puso algodón sobre los ojos con masa de Imdad.

Se quedó pegado.

Incorpórese.

Marshall puso una venda de 7.5 cm alrededor de su cabeza.

Por favor, deje espacio para respirar.

Por supuesto.

Lo siento, estará un poco apretada.

¿Qué tal así?

"Espléndido", dije.

Parecía que había sufrido una cirugía de cerebro.

- ¿Qué tal se siente? - Muy bien.

Felicitaciones, caballeros, por su exhaustivo trabajo.

Imdad Khan se paró y caminó directo hacia la puerta.

¡Cielo santo! ¿Viste eso? ¡Puso su mano justo en el picaporte!

Dr. Marshall, no sonría.

Imdad caminaba rápida y normalmente por el corredor.

Lo seguíamos a cinco metros. Daba miedo ver a este hombre

con la cabeza vendada andar sin preocupación...

"¡La vio!", grité.

"¡Vio la camilla! ¡Es increíble!".

El Dr. Marshall no respondió. Su cara estaba paralizada por la sorpresa.

Imdad bajó las escaleras sin problema.

Ni siquiera tomó la barandilla. Subían personas. Vimos su reacción.

Al llegar abajo, dio vuelta y se dirigió a la puerta de la calle.

Marshall y yo lo seguíamos de cerca.

Abajo, unos cien niños descalzos gritaban y se movían

hacia nuestro visitante vendado.

Él los saludó alzando los brazos.

Caminó hacia una bicicleta, la montó e hizo figuras.

Los niños lo perseguían vitoreando y riendo.

Pedaleó directo hacia el tráfico de la calle

con vehículos veloces que pasaban en todas direcciones.

Conducía a la perfección.

Lo vimos durante un minuto.

Luego dio vuelta y se fue.

- "No puedo creerlo", dijo Marshall. - No puedo creerlo.

"Yo tampoco", dije.

Creo que presenciamos un milagro.

El resto del día, estuve con pacientes.

A las 6:00 p. m. fui a mi casa a cambiarme.

Me duché con agua fresca.

Bebí un whisky con soda en la veranda solo con una toalla.

A las 7:00, llegué al Royal Palace Hall.

La función duró dos horas.

Lo disfruté: malabarista, encantador de serpientes, tragafuego,

un tragasables que ingirió un estoque entero.

Por último, con gran fanfarria, nuestro amigo Imdad salió al escenario.

El público subió a vendarlo con bufandas

antes de lanzarle cuchillos a un niño y dispararle a una lata en su cabeza.

Finalmente, colocaron un barril de metal sobre su cabeza vendada.

El niño le pone una aguja en una mano y un hilo en la otra.

Frente a él, se coloca una gran lupa

y, sin titubear,

enhebra perfectamente el hilo en la aguja.

Estaba boquiabierto.

Tras el escenario, desmaquillaban a Imdad, sentado en un banco.

- Siente curiosidad, ¿no, doctor? - "Mucha", dije.

De nuevo noté el pelo negro que crecía sobre sus orejas.

Nunca había visto algo así en nadie más.

Una propuesta: no soy escritor profesional,

pero si me dice cómo consiguió el poder

de ver sin sus ojos, lo registraré minuciosamente.

Intentaré publicarlo en el British Medical Journal u otro.

¿Lo ayudaría a ser más conocido?

- Me ayudaría mucho. - Espléndido.

Uso taquigrafía para tomar notas médicas.

Anoté, palabra por palabra, todo lo dicho por Imdad.

Lo comparto justo como él lo dijo.

TODO LO QUE IMDAD KHAN ME DIJO ESA NOCHE

Nací en el estado de Cachemira en 1873.

Mi padre era inspector de billetes en la ferroviaria.

Un día, un ilusionista dio una función en nuestra escuela. Quedé fascinado.

Dos semanas después, tomé mis ahorros y hui para unirme al teatro itinerante.

Era 1886. Tenía 13 años.

Durante tres años

viajé con este grupo por todo el Punyab.

Al final, era la atracción principal.

Todo ese tiempo ahorré dinero,

que al final sumó poco más de 3000 rupias.

Entonces, oí hablar de un gran yogui famoso

que adquirió el poder de la levitación.

Se decía que cuando rezaba

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Komen

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