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MARCIO
CRISIS ALIMENTARIA ROMANA MILES ESPERAN COMIDA
AL DIABLO LAS LEYES
EL SENADO DECLARA ESTADO DE EMERGENCIA
HÉROES 1994
EL GENERAL MARCIO SUSPENDE LAS LIBERTADES CIVILES
UN LUGAR QUE SE HACE LLAMAR
ROMA
Antes de ir más lejos, oídme.
¿Estáis todos resueltos a morir en vez de perecer de hambre?
- Resueltos. - Resueltos.
Primeramente, sabéis que Cayo Marcio es el enemigo principal del pueblo.
- Lo sabemos. - Matémoslo.
Y tendremos trigo al precio que nos cuadre.
Se nos considera ciudadanos pobres, y a los patricios, buenos.
La flacura que nos aflige,
objeto de nuestra miseria y sufrimiento, es una ganancia para ellos.
Sí...
Venguémonos con nuestras picas antes de vernos reducidos a esqueletos.
No habléis más. ¡Vamos!
Alto. ¿Quién es?
...amigos, mis sinceros vecinos...
El digno senador Menenio,
que siempre ha amado al pueblo.
Amigos, los patricios tienen el cuidado más bondadoso por vosotros.
En lo que respecta a sus necesidades y sufrimiento en esta escasez,
podríais atacar los cielos con sus palos
y alzarlos contra el estado romano.
Nos harán sufrir hasta morir de hambre y llenarán sus depósitos de granos.
LOS PERROS DEBEN COMER
DEPÓSITO CENTRAL DE GRANOS ROMA
¡Pan!
- ¡Pan! - Pan.
¡Pan!
¡Pan, pan...!
Pan, pan...
¡Alto!
¡Alto!
¿Qué os pasa, bribones sediciosos,
que de tanto rascar la pobre sarna de su opinión terminaron con llagas?
Siempre tenemos su buena palabra.
Quien os diga palabras buenas es peor que un adulador abominable.
¿Qué queréis, perros, que no os gusta la paz ni la guerra?
La una os da terror, y la otra os vuelve pretenciosos.
Quien confía en vosotros, cuando os necesita valientes como leones,
os ve liebres, cuando os necesita astutos como zorros, os ve gansos.
Quien merece grandeza atrae su odio.
Que os ahorquen. ¿Confiar en vosotros?
A cada minuto, cambiáis de opinión
y llamáis noble al que antes odiabais,
vil al que era vuestro héroe.
¿Qué os pasa que en varios sitios de la ciudad
lloráis contra el noble Senado, quien, bajo los dioses, os mantiene a raya
para que no os devoréis unos a otros?
Marchaos de aquí.
Buscad su casa...
fragmentos.
- ¡Atrás! - ¡Adelante!
¡Atrás!
ESTALLA LA DIPUTA POR LA ANTIGUA FRONTERA VOLSCA
TULO AUFIDIO AMENAZA CON UN ATAQUE VOLSCO EN ROMA
CUARTEL GENERAL VOLSCO ANTIO
- Por favor... - ¿Ya me conocéis?
Le conozco bien.
Vuestro nombre, creo, es Aufidio.
Así es.
- Soy romano. - ¿Qué noticias tenéis en Roma?
¿Qué noticias tenéis en Roma?
En Roma, hubo extrañas insurrecciones.
- El pueblo contra los senadores. - ¿Hubo? Entonces ¿han terminado?
Su principal fragor es parte del pasado,
pero cualquier cosa pequeña haría revivir la llama.
Habéis puesto fin a mi tarea.
Las noticias son que los volscos están en armas.
Su jefe, Tulo Aufidio, os dará que hacer.
Peco al envidiar su nobleza.
Y si no fuera lo que soy, es el único hombre que quisiera ser.
¿Habéis combatido juntos?
Él es un león, al cual me enorgullezco de cazar.
Tito Larcio, me verás una vez más golpearme la cara con Tulo.
Abrid marcha.
Así, Aufidio, vuestra opinión es
que la gente de Roma está iniciada en nuestras deliberaciones
- y saben cómo procedemos. - ¿No es vuestra también?
Hace sólo cuatro días que he recibido la nueva.
Gracias al descubrimiento, se ha aminorado nuestra esperanza.
Se rumorea que Marcio, vuestro viejo enemigo, lidera esta preparación.
Si Cayo Marcio y yo tenemos la suerte de encontrarnos, hemos jurado
combatir juntos hasta que uno no pueda golpear más.
Si alguna vez me topo barba a barba con él,
o él es mío, o yo soy suyo.
CIUDAD VOLSCA DE CORIOLES
¡Señálame!
Nos desdeñan más de lo que hubiéramos podido creer.
¡Al que retroceda, lo tomo por volsco y le haré sentir la punta de mi espada!
¡Adelante!
Vamos.
¡Fuera!
Los ciudadanos de Corioles...
LAS FUERZAS ROMANAS ATACAN LA CIUDAD VOLSCA DE CORIOLES
...han hecho y librado batalla con Tito y Marcio. Oímos sus tambores.
Vi a nuestro ejército rechazado a sus trincheras, y luego me aparte...
Os lo ruego, hija mía, cantad
o buscad palabras de índole más confortable.
Si mi hijo fuera mi esposo,
encontraría más dicha con esta ausencia
que le permitirá conquistar mayor honor, que con sus abrazos amorosos
en el lecho.
Cuando era todavía muy tierno en edad y el único hijo en mis entrañas,
yo, considerando el honor que sería que el se convirtiera en tal persona,
consentí con gusto en dejarle ir a buscar peligro, donde él hallaría fama.
Le envié a una guerra cruel,
de donde regresó con la frente ceñida con la corona de roble.
Pero ¿y si hubiera muerto en ese empeño, señora? ¿Que habría pasado?
En ese caso...
...su buen renombre habría sido mi hijo.
Créeme.
Aunque hubiese tenido 12 hijos,
habría preferido ver a 11 morir noblemente por su país,
que uno solo engordar voluptuosamente en la inacción.
Los cielos protejan a mi señor contra Aufidio.
Doblará la cabeza de Aufidio bajo su rodilla y le pisará el cuello.
Me parece que oigo desde aquí el tambor de vuestro esposo.
Me parece verlo golpear así con el pie
y gritar de este modo:
"¡Adelante, cobardes!
Habéis sido engendrados en el temor, aunque hayáis nacido en Roma".
¡Almas de gansos que lleváis formas de hombres!
¡Plutón y el infierno! ¡Miradlo! ¡Vamos!
Reaccionad y volved a la carga,
o por los fuegos del cielo, dejaré al enemigo y os haré la guerra a vosotros.
Entonces se seca la frente llena de sangre y avanza.
¿La frente llena de sangre? Oh, Júpiter, nada de sangre.
Fuera, loca.
La sangre conviene más al hombre que el oro a su trofeo.
El senador Menenio vino de visita.
Decidle que estamos prontas a desearle la bienvenida.
Os suplico que me deis permiso para retirarme.
- Sin duda, no. - Señoras, buenos días a ambas.
¿Cómo estáis las dos? ¿Cómo está vuestro hijito?
Muchas gracias, señor. Está bien.
Prefiere jugar con espadas y oír un tambor
- a mirar a su maestro de escuela. - Por mi palabra, es hijo de su padre.
Vamos, dejad de lado las labores domésticas y pasad la tarde conmigo.
No, bueno señor, yo no traspondré las puertas.
- ¿No traspondréis las puertas? - Lo hará.
No, en verdad, con vuestro permiso.
No traspondré el umbral antes de que mi esposo vuelva de la guerra.
¡Que vergüenza! Os encerráis de una manera irrazonable.
- No puedo irme. - Os convertiréis en otra Penélope.
Se dice que todo el cáñamo que hiló en la ausencia de Ulises
no sirvió más que para llenar Ítaca de polillas.
No, buen señor. Perdonadme. En verdad, no saldré.
Venid conmigo, y os daré excelentes noticias de vuestro esposo.
No, buen señor, no puede haber ninguna todavía.
- Hubo noticias la noche pasada. - ¿Seguro?
Vuestro señor y Tito Larcio han puesto sitio a la ciudad volsca de Corioles.
No dudan en apoderarse de ella y terminar la guerra enseguida.
Ésta es la verdad, por mi honor. Así, venid con nosotros. Os lo ruego.
Excúseme, buen señor. Os obedeceré en cualquier otra cosa más tarde.
Dejémosla sola. En el ánimo en que está, sólo arruinará nuestra alegría.
- ¿Qué ha sido de Marcio? - Ha muerto, señor. Sin duda.
Se encuentra solo para hacer frente a la ciudad.
Estáis abandonado, Marcio.
¿Quién viene allá, que parece como si estuviese desollado vivo?
¡Oh, dioses! ¡Tiene la estampa de Marcio!
¿Vengo demasiado tarde?
¿Vengo demasiado tarde?
Sí, si es de vuestra sangre de la que venís cubierto y no de la de otros.
Dejad a mis brazos apretaos tan estrecho como cuando me case,
contra mi corazón, tan gozoso como el día en que se realizó mi matrimonio.
Allí está ese hombre que odia mi alma, Aufidio, asesinando a nuestros romanos.
Noble señor, sangráis.
Vuestro combate fue violento y no permite una segunda sucesión de ataques.
Señor, no me alabéis. Mi tarea no me ha sofocado aún.
La sangre que vierto es más bien medicinal que un peligro para mí.
Quiero aparecer así delante de Aufidio y combatirlo.
Si hay uno aquí, y sería pecado ponerlo en duda,
que le guste el color del que me veis salpicado,
si existe uno que tema menos a su persona que una mala opinión,
si existe uno que piensa que una muerte valerosa pesa más que una vida indigna
y quiera a su país más que a sí mismo,
que ése, o todos los que piensan así,
hagan señal que exprese su disposición ¡y sigan a Marcio!
¡Oh... dejadme!
¡Tomadme por una espada!
¡Uh!
¡Avanza, valiente Tito!
¡Fuera!
¡Vamos!
Quiero combatir contigo porque te odio.
Nuestro odio es igual.
Cinco veces, Marcio, he combatido contigo.
Y otras tantas veces me has vencido y me batirás, me temo,
aunque nos encontremos tan a menudo como comamos.
Pues en otro tiempo creía poder aplastarte con fuerza igual,
espada contra espada, lo combatiré de un modo cualquiera.
O la cólera o la maña darán cuenta de él.
- Es el diablo. - Más atrevido, aunque no sea tan sutil.
Ni el sueño, ni el santuario, ni la desnudez, ni la enfermedad,
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