لومړۍ 200 کرښې.
Hace tiempo, cuando yo era un muchacho,
mi padre me dijo:
Norman, te gusta escribir historias... Y yo dije: Sí, me gusta.
Luego él dijo: Algún día, cuando estés preparado,
podrás contar la historia de nuestra familia.
Sólo entonces comprenderás lo que sucedió...
Y el porqué.
En nuestra familia no había una línea divisoria clara
entre la religión y la pesca con mosca.
Vivíamos en la confluencia de grandes ríos trucheros,
en Missoula, Montana,
donde los indios todavía salían de los bosques
y venían a los cafetines y burdeles de Front Street.
Mi padre era un pastor presbiteriano que pescaba con mosca,
y aunque es cierto que cada semana
dedicábamos un día entero a la religión,
incluso entonces nos decía que
los discípulos de Cristo habían sido pescadores,
y tanto mi hermano Paul como yo dábamos porsentado
que todos los pescadores de primera del Mar de Galilea
pescaban con mosca.
Y que Juan, el favorito, pescaba con mosca artificial.
Sin Cristo, los pobres son los más míseros de todos los hombres.
Pero con Cristo, los pobres son príncipes y reyes de la Tierra.
Por la tarde paseábamos con él
mientras se relajaba entre los of'icios religiosos.
Casi siempre elegía un camino a lo largo del gran Blackfoot,
al cual considerábamos el rio de nuestra familia,
y era allí donde sentía que le revivía el alma
y la imaginación se le despertaba.
Hace mucho tiempo,
la lluvia cayó sobre el barro y se convirtió en roca.
Hace 500 millones de años.
Pero incluso antes, debajo de las rocas,
están las palabras de dios.
Escuchad.
Y si Paul y yo escuchábamos muy atentamente
durante toda la vida, posiblemente oiríamos aquellas palabras.
Incluso así, es probable que Paul y yo recibiésemos
tantas horas de enseñanza sobre la pesca con mosca
como sobre todos los demás temas espirituales.
Como presbiteriano,
mi padre creía que el hombre, por naturaleza,
era un desorden total,
y que sólo sintonizando con los ritmos divinos
podriamos recuperar el poder y la belleza.
Diez...
En su opinión, todas las cosas buenas,
tanto la trucha como la salvación eterna,
se obtienen a través de la elegancia,
y la elegancia a través del arte, y el arte no se adquiere fácilmente.
Norman...
Y así, mi hermano y yo aprendimos a lanzar estilo presbiteriano
con un metrónomo.
Comenzaba todas las sesiones con la misma enseñanza:
Lanzar es un arte que se realiza al ritmo de contar hasta cuatro,
entre las 10:00 y las 02:00.
Si de él dependiese,
a las personas que no supiesen capturar a un pez
no se les permitiría deshonrar a un pez pescándolo.
Y lo mismo ocurrió con mi educación formal.
Cada día de la semana,
mientras mi padre preparaba el sermón del domingo,
iba a la escuela del Reverendo Maclean.
No enseñaba más que a leer y a escribir,
y siendo escocés creía que el arte de la escritura
estaba en el ahorro.
La mitad de largo...
Por lo que mientras mis amigos pasaban sus días
en la escuela de Missoula,
yo me quedaba en casa y aprendía a escribir la lengua americana.
Otra vez. La mitad de largo.
Bien. Ahora tíralo.
¡Norman! ¡Norman!
¡Espera a tu hermano!
Sin embargo, el sistema de mi padre estaba equilibrado.
Todas las tardes me dejaban en libertad,
sin enseñanzas ni trabas hasta la hora de la cena
para que aprendiese por mi cuenta el lado natural del orden divino.
Y no podía haber mejor sitio para aprender
que la Montana de mi juventud.
Era un mundo en el que aun había rocío,
y en el que había más maravillas y posibilidades
que en cualquier otro que haya conocido desde entonces.
¡Maldita sea! ¡Abre la puerta!
¿Qué demonios pasa?
¿Adónde vais? ¡Gallinas!
¡Venga, apártate!
Pero también era un mundo duro.
Eso lo comprendimos y lo admiramos ya de niños.
Y tuvimos que comprobarlo, por supuesto.
Sabía que era duro porque había sangrado en una pelea.
¡Dale! ¡Dale! ¡No seas un mariquita! ¡Vamos!
¡Sí, vamos! ¡Queremos ver sangre!
¡Mucha sangre!
Paul era distinto.
Su dureza procedía de algún lugar secreto de su interior.
Sabía, simplemente, que era más duro que cualquier otro servivo.
No daremos las gracias por la comida
hasta que ese plato esté limpio.
Hace mil años que los hombres comemos la avena del Señor.
A un chico de ocho años no le corresponde cambiar esa tradición.
Demos gracias.
Oh, Señor, Dios generoso en el perdón,
permítenos retener las cosas buenas que recibimos de Ti,
y que con la misma frecuencia que caemos en el pecado
nos podamos levantar por medio del arrepentimiento y tu bondad.
Amén.
- Norm, ¿qué quieres ser de mayor? - Pastor, supongo.
O boxeador profesional.
¿Crees que le podrías ganar a Jack Johnson?
- No sé... - Yo creo que podrías.
- Apostaría algo. - ¿Y tú qué vas a ser?
- Pescador profesional con mosca. - Eso no existe.
- ¿No? - No.
- Supongo que boxeador. - ¿No pastor?
En 1917, la primera guerra mundial llegó a Missoula,
llevándose consigo a todos los leñadores sanos,
dejando los bosques para los ancianos y los muchachos.
Y así, a los 16 años, cumplí con mi deber
y empecé a trabajar para el servicio forestal estadounidense.
Era una vida de madera y trabajo,
con hombres tan duros como los mangos de sus hachas.
Y más montañas en todas direcciones
de las que jamás volveria a ver.
Por ser demasiado joven para unirse a mí,
Paul buscó trabajo como socorrista en la piscina municipal,
de modo que durante el día podía admirar a las chicas
y por la noche se podía dedicar a la otra meta de su vida, la pesca.
Sé Tú mi visión de mi corazón, Señor.
Que ninguna otra cosa sea para mí lo que Tú eres.
Tú me harás seguir adelante día y noche, despierto o dormido.
Tú presencia, mi luz.
Vamos, pastor.
- Vamos, pastor. Vamos. - ¡Callaos!
¿Os dije alguna vez como suena un incendio forestal
bajando por la montaña a 100 km. Por hora?
- ¡Cállate! - ¡Maldita sea!
¡Un incendio forestal!
Tengo una gran idea.
Sé como podemos pasar a la historia.
¿Cómo?
Le cogemos prestado el bote de remos al viejo Seifer
y bajamos los rápidos.
- No puedes bajar por los rápidos, Paul. - Puedes intentarlo.
Te puedes morir intentándolo.
Te enterrarían con todos los honores.
- Díselo, Norm. - Seríamos los reyes de Missoula.
Sí, los reyes. Seríais famosos.
Publicarían vuestras fotos en los periódicos.
- Lo voy a hacer. Lo voy a hacer. - Te morirás.
No.
Hagámoslo. Vamos.
- Os acompaño. - ¡Vamos!
- ¿Qué? - ¡De acuerdo!
¡Sí!
¡De acuerdo!
Rema, rema, rema con el bote suavemente por el arroyo abajo.
¡Vamos!
Yo cojo los remos.
- ¿de quién ha sido esta idea? - ¿Adónde vamos, Pauly?
Por aquí.
A trabajar.
Y duro, Chub.
¡Cállate!
¡Jesús, María y José!
Bien, vamos a echarlo al río.
Bien... Dadle la vuelta.
Venga, subid.
- Vamos, cabemos todos. - No, creo que no...
No, yo...
Sí...
- Está bien. Sólo yo, Norm y Chub. - ¡Señor! Pauly...
De acuerdo.
Creo que vamos a ir sólo los Maclean.
Tened cuidado.
- No vais a pasar los rápidos, Pauly. - Vendrán a la orilla.
- ¡Nos vemos en el cielo! - Tengo que deciros una cosa.
¡Vamos, chicos!
Hasta luego, chicos.
¡Más fuerte a la derecha!
¡A la derecha! ¡Cuidado a la derecha!
¡A la derecha!
¡A la derecha!
¡Derecha!
¡Derecha!
¡Cuidado! ¡A la derecha!
¡A la derecha!
¡Derecha!
¡Agárrate!
¡Oh, Señor!
¡Maclean!
¡Maclean!
- ¡Pauly! - ¡Eh, Chub!
¡Maclean!
¿Qué demonios...?
¡Hijo de...!
¡Loco hijo de puta!
¿Estáis bien? ¿dónde está...?
- Pastor, ¿estás bien? - Claro.
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