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1909. Edad de oro de la era eduardiana.
Gentes acaudaladas llegaban a Europa y al este de EE. UU.
Nueva York disputaba contra Londres y París el título de metrópolis mundial.
Albert Einstein había expuesto su Teoría de la Relatividad en 1905
y la ciencia nos había deleitado con las maravillas del mundo moderno.
La cultura y la elegancia habían llegado a la costa este.
Caruso cantaba Pagliacci en el Met, bajo la batuta de Arturo Toscanini.
Los Barrymore habían subido al escenario y Ziegfeld causaba furor.
El año de 1909 no fue tan refinado al oeste de los 46 estados unidos.
Los guerreros indios que restaban sufrían el acoso del Ejército americano.
En Washington, el republicano William H. Taft
subía a la presidencia y la vida era cómoda.
En otros parajes, los hombres luchaban entre sí y contra los elementos.
En las tiendas neoyorquinas, las damas vivían una etapa de derroche.
En el oeste, la moda era lo de menos...
lo que contaba era sobrevivir.
Los magnates de la construcción acumulaban riqueza:
Morgans, Vanderbilts, Carnegies.
En el Oeste también surgían imperios como el rancho de los McCandles.
EL GRAN JACK
Los ranchos sólo salían adelante a fuerza de hombres y armas.
Los equipos de Notre Dame jugaban al fútbol con la estrella Knute Rockne.
En Arizona, las partidas de los rangers se conformaba con mantener la paz.
La primera bailarina rusa Anna Pavlova protagonizaba El lago de los cisnes.
Nada que ver con la bailarina del Klondike, el bar de la fiebre del oro.
En 1909, las imágenes aparecían en la gran pantalla.
El cine nació con Asalto y robo al tren.
Mientras la fantasía se llevaba al cine,
nueve hombres cruzaban el río Bravo hasta Texas.
Los turbios años de la posguerra despertaron lo mejor en algunos,
pero en otros, despertaron lo peor.
Por ejemplo, O'Brien, de madre apache y padre irlandés.
Un pistolero a sueldo, una especie en extinción.
Pop Dawson, que cabalgó junto a los James en Missouri.
Asesino de una docena de hombres por encargos de hasta siete dólares.
Trooper, de apellido desconocido y fama de disparar por la espalda.
Presunto ex soldado de caballería,
hecho no corroborado por los confederados.
William Fain, el más joven de los hermanos Fain.
Prefiere el uso de la escopeta por su eficacia mortal a corta distancia.
James William Dufy. A los 14 años, mató a su primera víctima,
un admirador de su madre prostituta. Muerto de un disparo de rifle.
William Devries, el joven Billy, no precisamente de 21 años.
Se cree que este asalto constituyó su primer acto de proscripción.
Walt Devries, su hermano, 20 años mayor que él.
Parece más bien un granjero de lowa que un asesino a sueldo.
John Goodfellow, posiblemente el peor de la cuadrilla.
Mata indiscriminadamente, incluso a mujeres y niños.
Prefiere actuar de cerca. Su arma favorita: Un machete afilado.
John Fain, hace las veces de oficial de paz y cazarrecompensas.
Obtuvo una medalla durante la guerra hispanoamericana.
Desde entonces, soldado profesional, actualmente entre guerras.
Atraca bancos y trenes, y es el cabecilla del infame asalto a los McCandles.
- Buenos días, Pancho. - Buenos días.
Niño, necesitas aire puro.
Hora de levantarse, señorito Jeff.
¡Estoy desnudo, Delilah!
Te vi desnudo el día en que naciste y después muchas otras veces.
Se acercan unos jinetes...
- ¿Te levantas? - Sí, señora.
- ¡Coged las riendas! - Sujetadlo.
¡Chico! Ese chico...
¡Eh! ¡Vamos!
Sé que quieres ver al Sr. Stubby montando ese potro salvaje,
pero tráeme los huevos que te he pedido.
¡Date prisa!
Vienen unos forasteros.
El Sr. Jeff lleva retraso. Cuando llegue, prepara los huevos, Moses Brown.
Ya los he preparado, mujer.
- Para la Srta. Martha. - Ya se lo llevo yo, chico.
Sí, señora.
- Esto es absurdo. - El desayuno, bien calentito.
- Gracias, Delilah. - Se le va a enfriar.
Un momento, Delilah.
Bert, estamos en 1909. Los cuatreros ya no existen.
Sí que existen. Tengo 42 años y fui a la guerra del condado de Lincoln.
No hace tanto tiempo que...
Bueno, hace 15 años, el mismísimo Sr. McCandles ahorcó...
Que se le enfría el desayuno, Srta. Martha.
En el jardín hay unas flores preciosas. Pídele a María que traiga unas cuantas.
Sí, señora.
¿Qué decías, Bert?
Le decía que estamos lo suficientemente cerca de la frontera mexicana como...
para escupir.
Sí, señora, y tanto.
Estamos perdiendo muchas reses.
- Lo pensaré. - Bien, señora.
Ah, Bert.
Vienen algunos jinetes. Nos vendría bien su ayuda, si no te dan mala espina.
Sí, señora.
Vuelve a intentarlo.
Un rancho es un desierto durante un rodeo.
¿Qué desean?
Nos han dicho que buscan mano de obra.
- Buscábamos. Llegan tarde. - ¿Seguro?
En efecto.
Este sitio parece muy próspero, ¿no?
¿Desean algo más?
Lo malo de tener dinero es que siempre hay alguien que se lo quiere quitar.
He dicho si querían algo más.
Eso sí, es el único inconveniente.
¡Qué verdad tan terrible!
Billy, no te alejes de mí.
¡No!
¡Corre, pequeño Jack, corre!
Srta. McCandles. ¿Quiere que viva el chico?
No haga ninguna tontería.
Oye, hijo.
- Allí, Trooper. - ¡Ya!
¡O'Brien! ¡El chico!
- Ahora verás, mocoso... - ¡Purasangre!
No nos vale de nada muerto.
Puedo esperar.
Fain, no me gusta que me llames "purasangre".
Intentaré recordarlo.
Dame eso. ¡Ven aquí, mocoso!
Muy bien.
¡Suéltame! ¡Te digo que me sueltes!
Llama al médico. Después ve a buscar a mi hijo.
- ¿Y su marido? - No tengo marido.
¡Arre!
Llévalo a mi cama.
Tened cuidado, por favor.
TENEMOS A SU NIETO Y LO MATAREMOS
A MENOS QUE NOS DÉ UN MILLÓN DE DÓLARES EN BILLETES DE 20.
SIGA EL MAPA, NOS PONDREMOS EN CONTACTO. ¡DESE PRISA!
¡El viejo México! Aquí no podrán hacernos nada.
Los mexicanos pueden.
Jeffrey McCandles. ¿Puedes oírme?
Este médico de pacotilla dice que vas a morir, pero yo digo que no.
¿Qué modales son ésos? Vas a dejar a tu madre como una mentirosa.
- Está durmiendo, Martha. - Ya lo sé.
Delilah, hay un baúl rojo en el desván.
- Tráelo. - Sí.
Solicitamos permiso a las autoridades más altas del gobierno mexicano.
Cuando lo obtengamos, entraremos en México
con tantas tropas como lo permita el gobierno mexicano.
Y entregaremos el rescate dondequiera y a quienquiera que nos mande.
Me han dicho que hay un millón de dólares en ese baúl.
Buck, ¿qué me dices?
- ¿En nombre de los Rangers o por mí? - Por ti.
Tengo diez hombres de confianza. Iré a buscar al chico yo mismo.
Una palabra tuya y llevaré el baúl en persona.
Les estoy muy agradecida a los dos,
pero creo que éste no es un trabajo para los rangers, Buck.
Ni para el ejército tampoco, señor.
Este asunto va a ser muy duro y desagradable
que requiere a un hombre muy duro y desagradable.
No, señor. No pienso hacerlo.
No me he entrometido en los asuntos ajenos desde que tenía 18 años.
Y casi me matan.
No voy a empezar ahora.
¿Qué te pasa?
¿Para qué habrá hecho eso?
¿Tus últimas palabras, escocés?
Quiero mi gorra. Tengo frío en la cabeza.
Muy bien. Ahorquémoslo ya.
¡Buenas! Estás rodeado, ¿verdad?
¿Por qué no se mete en sus asuntos?
- ¿Es un asesino o un cuatrero? - Un pastor.
Ya me parecía a mí que olía fatal.
Exacto.
¿Va a colgar al chico también o le pegará un poco más?
No debería meter las narices donde no le llaman.
Tiene razón, amigo. La gente no debería meter las narices en los asuntos ajenos.
- Pastor, ¿quieres vender tus ovejas? - Sí, señor.
Vamos a ver... Te doy un anticipo de 100 dólares y 300 más cuando las venda.
- Eso es un robo a mano armada. - ¿Crees que te darán más hoy?
Acepto... con una condición.
¿Cuál?
- Yo iré con las ovejas. - Bien. Ahora trabajas para mí.
Adelante. Si hay algo que me place más que ahorcar a un pastor
es colgar a alguien que se mete en mis asuntos.
Adelante. Intente cortar la cuerda.
No. Ahora estoy asustado.
Córtela usted.
¡Ataca!
¡Dígale que me deje en paz!
- ¡Alto, chucho! - ¿Quién diablos cree que es?
Jacob McCandles.
Verá... creí que había muerto, Sr. McCandles.
En absoluto. ¿Va a soltarlo?
Desátele.
Doscientas millas al sur. Bar M. C. El capataz se llama Gonzales.
Dile que vienes que mi parte. Llévate al chico.
Gracias, señor. Ven conmigo, hijo.
Como lo sigan, daré con ustedes. No quedará viva ni un alma.
Vamos, chucho.
JACOB - NECESITO TU AYUDA
VEN ENSEGUIDA MARTHA
- Hemos llegado, Sr. McCandles. - Gracias, Joe.
- ¡Hank! - Le espera dentro, Sr. McCandles.
¿Dónde están tus espuelas?
No funcionan con estos velocípedos modernos.
- Que saquen mis cosas del vagón. - Sí, señor.
Martha.
¡Cuánto tiempo!
¡Qué alegría me da verte!
- Has cambiado, Jacob. - Pues por ti no pasan los años.
Sigues tan fresca como una rosa.
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