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En la nieve las huellas se llenan muy rápido.
Es muy islandés.
Y si dices eso, es un símbolo para recordar.
Vigila que la nieve no llene las pisadas.
Por alguna razón, ese día estaba sola.
Y recuerdo...
Recuerdo la ropa que llevaba.
Y no tenía ni idea
de lo que me esperaba allí.
No tenía ni idea de cuántas mujeres aparecerían
ni de lo que pasaría.
Solo sabía que tenía que estar allí.
Es uno de esos momentos
de la vida que recordarás siempre.
Me entran escalofríos cuando lo recuerdo.
Probablemente, fue el acontecimiento más importante de mi vida,
aparte de tener a mis hijos.
Ese día estaba muy nerviosa.
De pies a cabeza.
Vamos a demostrarles
que podemos poner fin a esta sociedad
saliendo a la calle.
CUANDO LAS MUJERES PARARON ISLANDIA
Actualmente, mi país, Islandia,
es considerado uno de los mejores lugares
del mundo para ser mujer.
Pero no siempre fue así.
Esta es la historia de un día
que lo cambió todo.
Siempre supe que quería ver mundo.
Me preguntaban: ¿Qué vas a hacer cuando seas mayor?
Y yo decía: «Quiero ser capitana de un barco».
Con mucha delicadeza, me decían:
No, no querida, no puedes. Porque eres una niña.
Desde que tenía 12 años
dije que quería ser abogada.
Todos decían:
Ni hablar, te casarás antes de los 18.
En los años setenta
crecía la clase media
y la imagen del ama de casa,
feliz con su nuevo hogar.
Toda mujer quiere estar en su propia casa, claro,
con su lavandería y su propia lavadora.
Orgullosa de sus hermosos hijos
y de su marido exitoso.
Te decían que tenías que levantarte antes que él
y maquillarte
porque se supone que no debía verte
si no estabas en tu mejor momento.
Un hombre no tenía que saber hacer café.
¡Esos eran los buenos tiempos para los hombres!
Recuerdo, siendo pequeña, esconderme debajo de una mesa
y escuchar a mi madre y a sus amigas fumar
y hablar del mundo en el que les gustaría vivir.
En esta época, las mujeres no tenían educación, no tenían dinero propio,
sus salarios eran más bajos que los de los hombres, si tenían algún trabajo.
Mi madre crio a seis hijos.
Ella misma nos hacía toda la ropa.
No le gustaba, pero lo hacía.
Recuerdo que una vez dijo que le gustaría estar encerrada en la cárcel
unos tres meses con un buen libro
solo para poder leer.
Crecí en una granja, muy aislada en las montañas.
Para recoger a las ovejas teníamos que ir a caballo casi un día entero.
Aprendí a ordeñar vacas y a recogerlas, a montar a caballo y a recoger el heno.
En la granja en la que me crie había mucha igualdad entre los sexos.
Pero descubrí que el mundo no era así en todas partes.
En las granjas de los alrededores no era igual.
Se creía que las chicas no eran tan buenas como los chicos en muchos aspectos.
Recuerdo que un día, en otra granja,
los hombres estaban construyendo un establo...
Yo servía la comida.
Hablaban de política y de todo y empecé a participar.
De repente me di cuenta
de que nadie me escuchaba.
Era como
si no hubiera dicho nada.
Fue raro.
Quería ser más como un hombre que trabaja al aire libre en la granja
trabajar con la maquinaria, y estar con las ovejas y recogerlas de las montañas.
Pero en 1970,
una mujer en la granja
¡era ama de casa!
Mi marido estaba en la sociedad de agricultores.
Y descubrí
que las mujeres no podían estar allí.
No era un lugar para ellas.
A veces había alguna mujer entre los granjeros,
pero tenían que ser viudas.
Tuve razón en decirles:
«¿Tengo que matar a mi marido
¿para qué me reconozcan como agricultora?».
Yo no quería ser la Sra. Pálsson.
Quería ser yo misma.
Estaba casada con él,
pero no formaba parte de él.
Trabajaba en el Landsbankinn.
Era un banco nacional.
Así que, en realidad, todos trabajábamos para el Estado.
Todo se hacía manualmente,
sin ordenadores.
Así que el banco estaba lleno de mujeres,
pero los hombres estaban arriba.
Ellos dirigían el banco. Nosotras no.
Los chichos llegaban muy jóvenes, 10 o 15 años más jóvenes que tú,
les enseñaba cómo funcionaba la cosa
y antes de darme cuenta, ya eran mis jefes,
después de haberles enseñado todo lo que sabía.
Siempre ha sido así.
La gente decía: «No necesitas más dinero.
Tu marido ya gana el dinero que necesitas
y lo que ganas tú es solo
para que te lo gastes en maquillaje y ropa.
¿Para qué vamos a subirte el sueldo?».
Era así.
Nos pagaban menos que a los hombres
en todas partes.
Trabajaba en un periódico muy importante de Islandia.
Morgunbladid. El periódico conservador.
Necesitaban tener muchas chicas que fueran muy buenas mecanografiando.
Solo lo hacían las mujeres.
Los periodistas eran, en su mayoría, hombres.
Una mujer, lo corregía todo.
Éramos muy buenas amigas y queríamos un sueldo mejor.
Pero algunos decían:
"No, ya está bien así»."
Así son las cosas».
Les encantaba decir eso.
"Así son las cosas»."
Pero había muchas mujeres en Islandia que querían algo más.
Querían cambiar la sociedad.
No estábamos aisladas en Islandia.
Teníamos hermanas por todas partes,
mujeres fuertes que querían cambiar el mundo, como nosotras.
Conocíamos a las mujeres holandesas,
teníamos influencias de América,
Noruega, Suecia y el Movimiento de las Medias Rojas de Dinamarca.
Podíamos sentirlo.
Estaba en el aire.
La tierra estaba lista.
Todo estaba preparado
para hacer algo.
Quedaba nada para que empezara.
DIA INTERNACIONAL DEL TRABAJADOR 1 DE MAYO DE 1970
Los radicales organizaron una marcha por los derechos de los trabajadores.
Fui a hablar en la radio
y dije:
"Mujeres con medias rojas»,"
reunámonos en la plaza por la mañana».
Estaban todas listas.
Y yo dije: «Sí».
Enseguida empezamos a hacer eslóganes:
«¡Despierta mujer!».
"Las mujeres quieren tener los mismos derechos que los hombres»."
Y decidimos llevar medias rojas.
El Movimiento de las Medias Rojas hizo mucho ruido.
Fue una revuelta.
Había que dar el pistoletazo de salida.
Me enteré de que las mujeres se reunían para cambiar el mundo
y me puse manos a la obra.
SOKKHOLT SEDE DE LAS MEDIAS ROJAS
No solo estábamos nosotras, las alborotadoras,
también se reunían mujeres jóvenes fantásticas,
así que teníamos un alcance muy amplio.
Decidimos que no vestiríamos
como nuestras madres y abuelas,
que no usaríamos maquillaje
y que no nos preocuparíamos por nuestro aspecto.
Eso no era importante.
No queríamos entrar
en la estructura de poder que había, queríamos cambiarla.
No había líder.
Lo éramos todas.
Podías ser una Medias Rojas
una vez en tu vida
o solo por la tarde
o cuando tu marido no esté.
No se sabía quién era una Medias Rojas
o no porque no existía una sociedad formal.
Queríamos igualdad, igualdad con los hombres.
Pensábamos que lo que hacíamos era muy positivo para todos.
Para la sociedad, para los individuos,
para el mundo.
Cuando me incorporé era el único hombre del movimiento.
Tenía 18 años y era un revolucionario.
Me parecía muy extraño que a las mujeres no se les permitiera
hacer las mismas cosas que a los hombres.
Así que opté por acercarme a las Medias Rojas,
el movimiento con más posibilidades de cambiar radicalmente la sociedad.
La radio estatal nos abrió sus puertas,
lo que fue muy valiente por su parte.
E hicimos un programa muy popular.
¿Popular?
No sé si es esa la palabra.
Decíamos cosas que nunca se habían dicho.
PROGRAMA DE RADIO MEDIAS ROJAS
Pedí a mis alumnos de 15 años que escribieran sobre el trabajo de sus padres.
«¿Por qué no habéis escrito sobre lo que hace vuestra madre?», les pregunté.
«¿Qué? ¿Mi madre? Está en casa.
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