Arizona Dream

Arizona Dream

Pakua Manukuu ya Spanish

Maelezo ya toleo

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Hakikisho la manukuu ya Spanish

Mistari 200 ya kwanza.

EL SUEÑO DE ARIZONA

"Buenos días, Colón".

Así mi madre siempre me recordaba que América ya había sido descubierta.

Y que soñar de día no tenía nada que ver con la vida real.

¿Para qué explicar la diferencia entre una manzana y una bicicleta?

Muerde la bicicleta y móntate en la manzana y la sabrás.

Pensar en qué hacer me agotaba más que hacer algo.

Mi padre dijo una vez: Si quieres ver el alma de alguien...

tienes que conocer sus sueños.

Y así sentirás compasión por aquellos que están peor que tú.

Me llamo Axel Blackmar y trabajo para el Departamento de Pesca.

Todos creen que yo cuento peces, pero no es así.

Los miro y miro sus almas, leo sus sueños y los dejo entrar en los míos.

Se dice que los peces son estúpidos. No es así. Ellos saben cuándo callar.

La gente sí es estúpida. Los peces lo saben todo y no tienen que pensar.

Los peces empiezan en los riachuelos, después yo los preparo para el océano.

Para morir regresan a su lugar de origen.

Esa es la conexión que tienen conmigo. Por eso yo nadé a la ciudad.

Bien, éste es mi trabajo:

Les doy a los peces un calambrazo.

Luego, con profundo respeto, los mido y los peso uno por uno.

A veces veo mi vida entera en los ojos de un pez.

Eso es algo que sólo los peces nos enseñan. Por eso los quiero.

Los marco, los mido, los peso, para asegurarme de que les va bien.

Si quieren conversar, los escucho. Es el deber de un dios de los peces.

Nunca he pillado a uno mintiendo.

Nunca he visto a un pez pasarlo tan mal como la gente.

Por eso me gusta mi trabajo. Y Nueva York.

No porque sea un lugar magnético, como decía mi madre...

sino porque uno puede ver a todos, y nadie puede verte.

¡Cariño! ¿Cómo estás? ¿Qué tal Estambul?

Busco a mi novia, Suzanne Supak, acabo de hablar con ella.

Yo también te quiero, tesoro.

También te extraño. Fuera. Dos minutos más, por favor.

¿Embarazada?

Escucha, cariño...

- Bien, vámonos. - No seas tonta. Aborta en Estambul.

- Yo no voy. - Vamos. Estamos retrasados.

He dicho que no voy.

- ¿Dices que no vienes? - He dicho que no voy.

- No voy. - ¿No vienes?

¿Vienes? ¿Vienes? ¿Sí o no?

- ¿Me vas a disparar? - ¿Dispararte? - ¿Me vas a matar?

Estas cosas, ni siquiera sé... Estaba descargada.

Pero te asustaste, ¿verdad?

Déjame ver. Te cagaste en los pantalones.

"Cuida de mí". ¡Estoy hasta el moño de todo eso!

¿Qué?

Joder, es tu tío.

Si quiere verme, ¿por qué no vino? ¿Por qué te mandó a ti?

Sabes que no fue su culpa.

No lo culpo por nada. Nunca he dicho que fuera su culpa.

Se casa y quiere que seas su padrino.

Sé tú su padrino. - ¿Por qué eres así? Lo vas a matar. ¿Por qué?

Está bien, Axel. ¡Axel! Escucha.

¡Se acabó! ¡Punto! ¡Fuera!

¡Yo también te quiero!

Regresaré y le diré que no pude encontrarte.

- ¿De verdad? - No tengo otra opción.

- ¿Lo prometes? - Lo prometo. ¿Me das un abrazo?

¡Axel! ¡Apestas como un cerdo!

No soy un cerdo. Tengo un buen camión y un buen trabajo.

- ¿Qué van a beber? - Dos cervezas. - Está bien, dos cervezas.

- Un Ginger Ale. - Dos cervezas y...

Nada de Ginger Ale. Dos cervezas y dos chupitos. - ¿Blanche?

- Dos... - ¿Quién manda aquí?

- Yo. - Él. Dos cervezas, dos chupitos. - Un Ginger Ale.

Dos cervezas, dos chupitos.

- Un Ginger Ale. - No la líes. - Un Ginger Ale, por favor.

Axel, yo te quiero mucho, pero...

- Yo a ti también. - Está bien, pero Ginger Ale...

- Correcto. Dos cervezas, dos chupitos. - Y un Ginger Ale.

"Dos cervezas, dos chupitos". ¿Qué te pasa? - ¿Qué? - Eso.

- ¿Qué? - Ese acento tan raro.

- ¿Qué acento raro? - "Dos cervezas, dos chupitos". - ¿Y?

No sé. Suena como de Nueva York.

- Un acento raro de Nueva York, ¿no? - Sí.

¿Es raro De Niro? ¿Es raro Al Pacino? ¿Rocky? ¿Era Rocky raro?

- Los grandes actores son de nueva York. - Sinatra.

Sinatra es de Hoboken, Nueva Jersey. Brindemos.

- ¿Está bien? Hace ya tres años. - Tres años.

- Por los tres años. - Tres años.

¡Blanche! Ginger Ale.

Dos chupitos.

Hace tres años que no nos vemos y tú quieres Ginger Ale.

Gracias, Blanche. - Gracias por el Ginger Ale. - No es nada, chicos.

Dame un abrazo. Me tapo la nariz.

Está bien, volvamos al sueño.

El hombre le da el globo al chico.

Lo saca fuera del iglú.

Y mientras el niño está fuera los dos empiezan a...

¡Deja de gritar! Estamos en Broadway. Un poco de respeto con los artistas.

Como sé que se están muriendo por un pedazo de torta...

seré breve.

Millie...

queridos amigos...

camareros y camareras, propongo un brindis...

- ¡Leo! - ¡Ahora no, Millie!

¡Vamos!

¡Eh! ¡No hagas tonterías! ¡Basta!

¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡No seas idiota!

¡Tengo que ir a una audición! ¿Conque quieres que baje?

¡Axel, basta!

- ¡Axel! ¿Quieres que baje? - Sí, baja.

- ¡Suelta la escalera! - ¡Axel!

¡Leo!

- ¡Mi muchacho! - ¡Axel!

¡No lo puedo creer, Sr. Leo!

¡Cómo has crecido!

- ¿Supongo que sabes lo de la boda? - Sí. Felicitaciones.

- Quisiera que fueras mi padrino. - Tengo que regresar a Nueva York.

Sí, claro. Larry, hagamos una cita para Axel para tomar las medidas.

De verdad, Leo, tengo que irme.

Me alegra verte, Axel. Estás muy guapo.

Quiero mostrarte algo. Quiero compartirlo contigo.

¿Qué te parece mi saguaro?

- ¿El cactus? - Bonito, ¿no?

Te diré un secreto:

Un cactus tan joven es especialmente vulnerable. Por esa razón...

he plantado ese árbol al lado, como protección.

Si un cactus joven no tiene un viejo árbol al lado, ¡olvídalo!

No sobrevive.

Pero dejemos eso, entremos. Alguien se muere por conocerte.

¡Millie! Quiero presentarte a mi sobrino Axel.

Axel, ésta es Millie.

Hola, ¿qué tal?

- ¿No estás exagerando un poco, Millie? - Lo siento.

Ven, siéntate conmigo, Alex.

Primero me pondré unos pantalones.

- ¡Deja de cantar! - ¡No estoy cantando! ¡Cuento!

¡Llevas una semana con esto...!

¡termina de una vez!

¡Adiós! ¡Adiós a todos!

Disculpen, pero tenía que ponerme unos pantalones.

Leo me ha hablado mucho de ti.

Ya sabrás que voy a ser tu tía.

Tú eres su prometida.

Sí.

No tienes que llamarme tía Millie. A no ser que quieras hacerlo.

- ¿Cuántos años tienes? - Veintitrés.

Somos casi de la misma edad.

¿No es gracioso?

Millie, por favor. Ya habíamos hablado de eso.

Lo siento, Leo. Enseguida se me pasa.

Leo me está enseñando a dejar de llorar.

Cariño, ve a probarte el otro vestido de novia, para que Alex te vea.

Eso te distraerá.

Ve a la otra habitación, tesoro, y pruébate el otro vestido.

Eso te distraerá. Está en la otra habitación.

- Ya voy. - Hazme el favor.

Axel, mi merenguito polaco es muy sensible.

Como todos los de Europa del Este.

- Pero es muy linda, ¿verdad? - Muy linda, Leo.

- ¿Y sabes qué edad tiene? - Es joven.

¡Así es! Y eso es tener éxito.

Si quieres éxito, tienes que vender coches. - No quiero vender coches.

Axel, mi padre fue el primer vendedor de Cadillac en Arizona. ¡En 1914!

Soñaba con vender muchos coches...

y apilarlos uno sobre otro hasta llegar a la luna.

¿Hermoso, no?- Hermoso, Leo. Pero se caerían antes de llegar tan alto.

Sí, eso le dije, pero él me quería meter en el negocio.

Yo me resistí, como tú conmigo.

No me estoy resistiendo, es sólo que no quiero vender coches.

- ¿De qué tienes miedo? - De nada.

Una cosa sí tenía clara:

Mi tío Leo era indudablemente el héroe de mi infancia.

El olor de su perfume "Old Spice" me traía más

recuerdos que las películas que yo hacía.

Él no lo sabía, pero el olor dulzón y barato de los vendedores de coches

era lo que me llevaba al sueño del pasado.

Leo, el último dinosaurio con agua de Colonia barata.

Él creía en el sueño estadounidense.

Yo lo quería muchísimo porque él creía en milagros.

Y aunque tenía los pies sobre la tierra y vendía Cadillacs...

parecía siempre un niño al que le quedan largas las mangas.

Leo me regaló esta cámara.

Mi madre esperaba que yo fuera el próximo Milton Berle.

Pero los sueños de casas, coches y césped podado son pronto una realidad.

Y entendí lo que mi madre quería decir cuando decía "Buenos días, Colón".

Y aunque a mi madre no le gustaba mi vida, creo que me entendería.

A los once años me entró un dolor de oídos muy raro que no se me iba.

Ningún médico podía curarme.

Leo se fue a México...

y se trajo una bruja gorda, que rezó unas tonterías y me curó.

Yo estaba agradecido, pero creo que hubiera preferido quedarme mudo.

En general tuve una infancia feliz.

Mi padre trabajaba en la frontera impidiendo que la gente la cruzara.

Durante 15 años allanó cada noche el camino entre México y Arizona.

Por las mañanas buscaba huellas en la mugre.

Mi padre decía que el trabajo era como un sombrero en la cabeza.

Que incluso estando sin pantalones, teniendo sombrero no te avergonzarías.

Y yo estaba seguro de algo:

Cuando mis padres murieron mi infancia se acabó para siempre.

Leo nunca dejó de culparse por la muerte de mis padres, hace seis años.

Esa noche él iba al volante.

Se sentía culpable incluso cuando usaba mucha crema de afeitar.

Cuatro días después del funeral tomé el tren a Nueva York.

Si me preguntan ahora por qué no me levanto y regreso ya a Nueva York...

es porque uno no le dice que no al héroe de su infancia.

Decidí ser su padrino de bodas. Pero de algo estaba seguro:

Maoni

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