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Jeanne Vaubernier era hija ilegítima de un monje
y una cocinera.
Su destino era vivir en las sombras del pueblo llano,
la plebe, el populacho.
Se podría decir que era hija de nada.
Pero ¿las hijas de nada no están dispuestas a todo?
Su madre, Anne, la había criado sola desde que nació.
Trabajaba como criada para el señor Dumousseaux,
un hombre caritativo y bondadoso.
Tomó afecto por la niña
y se hizo cargo de su educación,
empeñado en saciar su sed de conocimiento,
pero también de pulir sus modales frecuentando su salón.
Inteligencia.
-Entendimiento. -Sí.
-Reflexión. -Sí.
Pensamiento.
Raciocinio.
-Sí. -Ingenio.
Juicio.
Connivencia.
Comprensión.
Discernimiento.
Enhorabuena, Jeanne.
Gracias al señor Dumousseaux, que corrió con todos los gastos,
Jeanne fue al convento de Santa Áurea.
Sin duda esperaba evitarle así
el futuro de libertinaje que aguardaba a menudo a las plebeyas.
Venid, Jeanne.
Jeanne creció.
Y el mundo del convento se le hizo demasiado confinado.
Pero ahí estaban los libros para abrirle el mundo.
Pronto descubrió en ellos
el poder perturbador del erotismo.
¡Jeanne!
¡Hija de Satanás!
¡Te enseñaré yo a leer esos libros!
¡Baja la mirada!
¿Sí?
Al abandonar el convento, Jeanne ya no era una niña.
Ante el temor de que su marido
cediera a la tentación,
la señora Dumousseaux despidió a Jeanne y a su madre,
con el pretexto de un robo que no había cometido.
Pero ¿de qué vale ser inocente
si los demás albergan por vos deseos culpables?
Las dos mujeres decidieron dirigirse a París,
capital de todas las esperanzas y todos los peligros.
Jeanne,
¿vas a tardar mucho?
Desvístete.
No.
Ven.
Jeanne, te lo ruego,
desvístete.
No te entiendo. Lo haces siempre.
Es mi cuerpo.
¿Y si nos dejarais solos?
¿Perdón?
Daos una vuelta por el jardín. Es una maravilla.
"Un tipo de cortesano, un adulador..."
Poco después,
Jeanne fue contratada como lectora para la señora de La Garde,
una viuda que vivía sola con sus dos hijos.
La introdujo a la gran literatura
y pronto Jeanne se encontró compitiendo en ingenio
con la flor y nata de la aristocracia.
Insolente.
Insolente.
Desvergonzado.
Impertinente.
¿Alguien da más?
Osado.
Audaz.
Buena.
Maleducado. ¿Jeanne?
Descarado.
¡Muy buena!
Con todo lo que hice por vos, ¿os encuentro en la cama con mis hijos?
¡Fuera, ramera!
¡Qué vergüenza!
¡Qué vergüenza!
Gracias al libertinaje,
Jeanne descubrió una manera de ser mujer
y ser libre a la vez.
Transcurrieron los años.
Jeanne aprendió a usar sus encantos
para seducir a amantes cada vez más acaudalados.
Y pronto se hizo un nombre como cortesana.
En una nube de satén rosa, tenemos a Adelaïde.
Mirad bajo ese crepé de encaje negro.
¡Un corsé blanco!
¡De una suavidad angelical!
Adolescente.
Du Barry.
-¿Cómo estáis? -Muy bien.
-¡Señor du Barry! -Hola.
¡Señor du Barry!
Señorita.
-Qué alegría. -El placer es mío.
¿Cómo estáis, preciosas?
-Mirad qué hermosura. -Preciosa.
Tomad.
¿Os gusta?
Jeanne.
Jean.
Un ángel caído del cielo.
La señora Labille me ha hablado de vos.
Y no ha mentido.
¿Dónde estabais todo este tiempo?
Os estaba esperando.
Nada os asusta.
Ya os he hecho reír.
¿No me creéis?
No.
¿Cómo puedo convenceros?
Podría ofreceros alojamiento.
Mi madre se encarga de los tratos.
No tengo nada en contra de vuestra madre,
pero ahora mismo,
se trata de mi vida.
Y de la mía.
Compartámosla.
-¿Y bien? -De acuerdo.
Bien.
-Eso me complace más. -Trato hecho.
Señor du Barry,
con el debido respeto...
Sí, os tengo en gran estima, conde. Os lo dice el duque.
Lo mismo digo.
Os escucho.
Sabéis que todos los años llevamos a mujeres a la alcoba del Rey.
Lo sé.
Y ninguna llega a acaparar su atención.
Así es.
Por eso...
El Rey debe conocer a Jeanne.
Pero como si fuera por casualidad.
¿Confiar en la casualidad?
Sí, la casualidad.
Así creerá que él mismo la eligió.
Aquí viene.
¿Dónde estabas, querida? Te estaba esperando.
Ayudaba a Adolphe con su redacción.
Pago a gente para eso.
Algunas cosas no se compran, du Barry.
-¿Du Barry? -Sí.
¿Quién ha venido hoy?
Los de siempre, escritores, poetas,
el mariscal de Richelieu...
Ven, te necesito.
También
algunas cortesanas de postín, la señorita Legrand
y
la condesa de La Rena.
¿No te pudiste resistir?
¿Hablamos de tus amantes?
Mis amantes contribuyen a los gastos del hogar,
mientras que las tuyas no aportan nada.
Y ese era el trato.
Podrías tener la elegancia
de no restregármelas.
Richelieu desea presentarte ante el Rey.
El Rey, el Rey... Solo te interesa eso.
Eres libre de marcharte.
Me quedo por tu hijo.
Jeanne, querida.
Te amo.
No como te gustaría, pero te amo.
Esto no es amor.
¿No? ¿Y qué es?
Tú que lo sabes todo, ¡dímelo!
Puede que no sepa lo que es,
pero sé que no es esto.
Buenas noches.
-Buenas noches. -Buenas noches.
La que me ha robado el corazón.
¡Adolphe!
Un vino delicioso.
Delicioso.
-Buenas noches, caballeros. -Buenas noches.
La tarta del rey.
Sé que es uno de vuestros preferidos.
¿Qué sucede?
Tengo algo en la boca.
Sin querer ser travieso, creo que eso sucede a menudo.
Qué fino.
La boca llena.
El Rey tiene un rostro hermoso.
¿Qué haces todavía aquí?
Me dijiste que descansara.
Sí, es cierto.
Descansar es importante.
Pero no puedes cancelar citas sin decírmelo.
Te estoy hablando.
¿Por qué te empeñas en leer tanto?
¿Estás descansando? ¡Descansa!
¡Descansa!
¡Eres y siempre serás
una puta ignorante!
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