The first 200 lines.
Hay ganadores natos.
Tom Brady,
LeBron James,
Joey Chestnut
y también yo.
Me llamo Dusty Boyd,
pero en casi todo el mundo me conocen como el Martillo.
Mi padre me apodó así incluso antes de decirme mi nombre real.
Eso es, Martillo. Dale.
Su entrenamiento de tenis era como para caballos.
Hacía cardio y fuerza con raquetas atadas a las manos.
Mi padre era distinto a los demás.
No me enseñó a leer,
sino a pegar.
Vas bien, Martillo.
Y vaya si sirvió. Batí todos los récords juveniles de la USTA:
partidos, aces, sets en blanco... Todo récord que imaginéis lo tenía yo.
El mundo entero me prestó atención.
No, Dave. Yo no pego fuerte.
Yo machaco.
Incluso antes de acabar el instituto,
había cumplido mi sueño y el de mi padre.
Entré en el circuito profesional.
INDIVIDUAL MASCULINO
Y esa, amigos, es mi increíble historia real.
Bueno.
¿Alguna pregunta?
¿Vamos a darle a la pelota, joder?
Vaya mierda de clase.
Me refiero a preguntas sobre la historia que os acabo de contar.
Estaba muy clara, ¿no?
Muy clarita. Yo sí tengo una pregunta, crac.
Así me gusta. Dale, P. J.
¿Por qué tengo la piel de gallina cada puñetera vez que la cuentas?
- Yo también. - Es que eres el mayor...
¿Tan bueno eres, y curras para tu papi enseñando a niños?
A estos niñatos les hace falta oír lo de Andy Roddick.
¿Eso crees?
- Más historias no. - Clásico de Vero Beach.
¡Qué pelma!
Año 2000. Me enfrentaba a Andy Roddick.
Él tenía más renombre, pero yo tenía más tirón entre el público.
¡Martillo!
¡Te quiero!
Ya habíamos jugado antes como amateurs, y las dos veces
le había reventado el culo.
Qué bien expresado.
No sé yo.
Pero esa vez nos enfrentábamos como profesionales.
Yo le estaba dando para el pelo.
Eso es, Martillo.
Es mi hijo.
Entonces, el perverso señor Andy decidió jugársela.
Sí. Fue al baño para desconcentrarme.
Cuando fui a echárselo en cara,
me resbalé con un charco de agua
y me destrocé la muñeca.
¡Roddick!
Y también destrocé mi muy prometedora trayectoria.
¿Qué?
Está claro que Andy "Frauddick" echó algún líquido en el suelo.
Así que todos sus logros profesionales, como ganar el Open de EE. UU.
o casarse con la modelo Brooklyn Decker,
en realidad son de Dusty.
- Bien visto, no se me había ocurrido. - Perdona,
¿cómo van a ser tuyos sus logros?
Yo tampoco veo la conexión.
Pues vete a clases de conexión.
Toma zasca.
Ya dejo de hablar, porque me aburrís y no vais a aprender la lección.
¿Unos golpecitos o qué?
- Sí. Por fin, ya era hora. - Venga.
Quietos ahí.
Tengo que encargarme.
- Lo siento. ¿Me la pasas? - Claro.
La pelotita a su sitio.
La basura.
Esto es un club de tenis.
- Qué capullo. - Lo he oído.
Bien, me alegro, por eso lo he dicho en alto.
A ver, señora del pickleball.
P. J. Venga, un jueguecito.
Es mejor que el pickleball. ¿Ve esta moneda?
Sí.
Póngala donde quiera. Y tengo una oportunidad para darle.
Si le doy, expulsada de por vida.
Si fallo, le sale el club gratis durante un año.
¿Así que expulsada?
Da igual, no soy socia. Solo vengo a clases.
Pues venga, mejoro la oferta.
Si fallo el golpe,
se lleva esto.
Dusty, no. ¿Tu Buick LeSabre del 99?
Sí. Se lleva mi Buick LeSabre del 99
con menos de 330 000 kilómetros.
Qué dilema.
Quiero perderte de vista, pero también quiero ver si le das.
¿Qué hago...? De acuerdo.
A jugar.
¿Cualquier sitio?
Cualquiera.
Pues...
aquí.
Ojito. Justo en el ángulo.
¡Toma!
¡Fuera!
Qué gente.
A tomar por el pickleball.
Un momentito.
Sonría, está expulsada.
Pues vale.
Vaya tela.
¡Toma!
¿Lees lo que pone en mi placa, Dusty?
Claro, papá.
Pone: "Chuck Boyd, presidente de Actividades Tenísticas".
¡La hostia!
Suena a título importante, ¿eh?
Sí.
No de un tipo cuyo hijo va de mamarracho, es impuntual
- y expulsa a la gente del club. - Ya.
No eres solo tú. El club se está yendo a pique y me toca enderezar el barco.
Hoy organizo una cena con la plana mayor, y también vas a ir tú.
- Allí estaré. - Más vale. Ni se te ocurra avergonzarme.
Te quiero puntual, sin cintas de pelo ridículas
y con compañía. Que vean que no traje al mundo a un fracasado.
Sí, señor.
¿Esta noche puedes, chaval?
- Tengo que ver si... - ¡Él no!
Esa chica con la que estás. La que es mona.
Lo malo es que lo he dejado con Marisa.
Pues ve a pedirle perdón y recupérala.
- Es complicado. - Que vayas.
A mandar. Estoy acaparando la conversación.
¿Tú cómo estás?
Me piro. A hacer lo que me has dicho.
Tú puedes.
Vaya, vaya.
Quién viene arrastrándose, como era de esperar.
- No. Cambio de opinión. Paso. - ¡Oye!
- No puedo hacer esto. - Sí que puedes.
- No puedo. - Ven aquí.
¿Qué querías?
- Un favor. - A ver.
Finge que seguimos juntos esta noche en la cena de mi padre.
Hay que ver.
Siempre con jueguecitos, ¿eh?
Primero soy diabólica y no quieres volverme a ver.
Hasta me llamaste "infiel".
Marisa, te lo llamé porque me pusiste los cuernos.
Dusty.
- ¿Qué? - Solo fue una vez.
Fueron ocho.
Ya, pero con solo un tío.
¡Fueron nueve!
Madre mía. Pareces el de Rain Man, qué memoria tienes.
Marisa, ¿me puedes hacer este favor?
- Venga. - Vale.
Gracias.
Toda la razón.
¿Has leído algo de ese periodista, Malcolm Gladwell?
Decía que los Beatles eran buenos porque ensayaban.
Me quedé con el culo torcido.
Sí, me dejó mucho poso.
- ¿Sí? - En serio.
- Papá. Mira con quién vengo. - Marisa.
Perdona la tardanza, Chuck. Estábamos intentando darte un nieto.
Resulta que no es tarde, por una vez. Viciosillo.
¿Viciosillo?
- Solo disfruto del sexo. - Sí.
Con mi novia.
Muy bien.
Muy bien.
- Vamos a sentarnos. - A sentarnos.
- Gracias por invitarnos. - Ya.
El tenis.
Es elegancia.
Perfección estética.
No es solo un deporte.
Es una criatura viviente
que requiere nuestra protección.
Hay una epidemia que está asolando nuestra otrora gran nación.
Y se la conoce como...
pickleball.
- El nuevo coronavirus del deporte. - Sí.
Hemos dado a esos payasos la peor pista del club
para crear una especie de cordón sanitario. Mascarilla y guantes.
Pero estos del pickleball quieren más pistas.
No puedo seguir retrasando el voto de ampliación.
Y si lo perdemos, el contagio podría ser infinito.
Este club es uno de los últimos baluartes.
Tenemos la responsabilidad de convertirnos en la vacuna
para que llegue el día en que podamos dejar de prestarles atención.
Aunque sigan siendo numerosos.
- Fin. - Bravo.
Qué maravilla, papá.
La metáfora ha aguantado sin desinflarse.
Pero, Chuck, si esos payasos son mayoría, ¿qué hacemos?
Pues haremos una cosa, Gary. Batirnos en duelo.
- ¿Con pistolas? - Ya quisiera, pero no.
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