The first 200 lines.
¿Cómo llegué a este punto?
Apoyada en el regazo de un hombre…
…castigada como una niña traviesa.
Sometiéndome voluntariamente a él.
Cediendo el control.
¿Cómo llega alguien hasta aquí?
Donde todo lo que pensabas que eras, de repente desaparece.
Y alguien nuevo…
…renace.
Esta es mi historia.
LA SUMISIÓN DE EMMA MARX
Normal.
El diccionario Webster define “normal” como…
”Conforme al tipo común o estándar”.
“Usual, no anormal, típico…”.
Pero, ¿cómo se aplica esto a una misma?
Por “estándar social” se entiende que no desafías una idea o comportamiento.
Vivir una vida perfecta de manual, para que todo el mundo te acepte.
Incluso si tú misma no lo haces.
¡Sí! ¡Sí!
- ¡Felicidades! - Son más de 2 quilates.
Impresionante…
Gracias a Dios tiene la talla de Tiffany’s. Lo hubiera matado si llega a ser de Marquis.
¿Crees que debería actualizar mi estado de Facebook?
No quiero parecer de esas que quiere que todo el mundo hable de su compromiso…
…pero soy tan feliz.
¿No se supone que las chicas deben hablar de sus compromisos?
Es decir, ¿no forma parte de la gracia del asunto?
¿Qué coño te pasa?
Nada.
Vas a ser mi dama de honor, Emma.
Lo mínimo que puedes hacer es hacer como que te alegras.
¿Qué?
Pero, ¿no te estaba amenazando con romper contigo la semana pasada?
Me estaba amenazando con romper…
…porque le presionaba para casarnos.
Ahora que estamos comprometidos, ya no hay presión.
Totalmente lógico…
¡Lo siento!
¡Pero alucino con que creas que puedes aconsejarme sobre relaciones!
¿Cuándo has tenido tú una relación?
No la culpaba del todo por enfadarse.
Tenía razón.
¿Qué sabía yo de relaciones?
¡Y que sepas que todo el mundo, incluso mamá y papá, piensa que eres gay!
Nunca tuve ninguna…
Odiaba las chorradas de las citas a los veintitantos.
Todos esos mensajes con emoticonos…
…dándole al “me gusta” en el estado de Facebook de los otros.
Ese era el tema…
Mientras todos parecían encantados aceptando los clichés del otro…
…yo me mostraba indiferente respecto al amor y al romanticismo.
Desinteresada hasta el punto de plantearme si tenía algún problema psicológico.
Hasta que una mañana de febrero…
…conocí al tío que lo cambió absolutamente todo.
El Sr. Federick le espera.
Lo conocí mientras trabajaba en mi tesis sobre la igualdad de género en el trabajo.
Había entrevistado de todo, desde mujeres ejecutivas…
…hasta “hombres niñera” y transexuales luchando por sus derechos.
William Frederick era interesante porque el 97% de sus empleados eran mujeres.
¿Eres la chica que está haciendo el artículo?
Emma Marx, sí.
Tengo algunas preguntas que me gustaría hacerle.
Empecemos, pues…
La entrevista duró unos 30 minutos.
Tratando temas que iban desde su estilo arrogante de contratación…
No hay nadie que contrate mejor que yo.
En 5 minutos puedo saber sobre alguien más de lo que sabe su propia familia.
…hasta sus razones sexistas para contratar principalmente a mujeres.
Las mujeres son hormonalmente óptimas para trabajar en esta compañía.
Me gustan las mujeres… entiendo a las mujeres.
Incluso mejor de lo que entiendo a los hombres.
Las mujeres son maleables, y a mí me gusta lo maleable.
Pero hubo una parte de la conversación que destacó sobre el resto.
Algo que resonó dentro de mí de una forma que no podía ni empezar a comprender.
Me gustan las empleadas que disfrutan sometiéndose a la autoridad, en lugar de desafiarla.
Las hace mejores empleadas.
¿Por qué? ¿Porque así siempre tiene el control?
Tengo derecho a tener el control. Es mi compañía.
Le sorprendería. A la gente le gusta que le digan lo que tienen que hacer.
¿A usted no?
No.
No me excita.
Me excita el control.
Me excita ver someterse a otros.
A la gente le gusta esa sensación de libertad cuando otro toma el control.
No creo que controlando a alguien se le “libere”.
¿Cree que está liberada?
Sí, la verdad es que sí.
Pues no es así.
Disculpe, pero…
…no creo que sea tan bueno juzgando a la gente como cree.
Estoy muy liberada.
Me gustaría ver su versión de “liberación”, y luego mostrarle la mía.
Le llaman por la línea 2.
Dígale que espere.
Tengo que coger esta llamada.
Espero no haberle ofendido.
No suelo ser de las que se contienen.
Que pena…
Gracias por su tiempo.
Ha sido un placer.
¿Le ha dicho alguien alguna vez que es usted absolutamente espectacular?
Toda usted.
Espectacular…
En ese momento mi mundo dio un vuelco.
¿William Frederick me encontraba “espectacular”?
Quería reírme a carcajadas. Estaba muy feliz.
Esto es de lo que la gente siempre habla.
Esa atracción loca hacia otra persona que te deja descolocada.
Y no importaba lo que hiciera, no podía quitármelo de la cabeza.
La intensidad de su mirada…
…la forma distraída en que los insultos se escapaban de su boca…
…el fondo sexual de su conversación.
Me imaginé de todo.
No podía quitarme de la cabeza aquellos pensamientos.
Deseaba su perfume.
Su sabor.
Su roce contra mi cuerpo.
Nunca duermes hasta tan tarde. ¿Qué te pasa?
Nada.
¿Qué es eso?
Bueno… estuve despierta toda la noche discutiendo con Greg…
…sobre dónde íbamos a hacer la fiesta de compromiso.
Insiste en hacerla en un bar deportivo.
Y encima, cuando a las 8 aún estaba durmiendo…
…un puto repartidor viene y llama a la puerta…
…con un telegrama marcado como “urgente”.
¡Quién coño envía telegramas hoy en día!
¿De quién es?
William Frederick…
¿Quién es ese?
Nadie.
“Emma…”
“…el placer de su compañía ayer, mereció los golpes que le dio a mi ego.”
“El día de su graduación…”
“…recibirá información…”
“…sobre una oportunidad que cambiará su vida.”
“No contacte conmigo antes de eso, o retiraré la oferta de la mesa.”
“William B. Frederick.”
¿Bueno, qué dice?
Nada.
Entonces, alguien te envía un telegrama… ¿para no decir nada?
Pues vale…
La graduación era dentro de 4 meses.
Cuatro meses esperando sin tener ni idea de lo que William Frederick me ofrecería.
Y la curiosidad se convirtió en obsesión.
Mi cabeza era un hervidero de preguntas sin respuestas.
¿Por qué tenía que esperar? ¿Qué era esa estupenda “oportunidad”?
¿Era al menos una oferta real, o un mero juego mental para intentar controlarme?
Yo, que siempre lo controlaba todo…
…que siempre tenía respuestas…
…que siempre tenía las cosas bien atadas y razonadas.
Así que me dediqué a lo único que podía hacer pasar el tiempo más rápidamente:
Trabajé en la tesis sin descanso.
Y me di cuenta de que, por más que odiara admitirlo…
…aquel tipo me controlaba por completo.
Y me encantaba.
¿Hola?
Te estás volviendo loca, ¿verdad?
¿Quién es?
¿De verdad me lo preguntas?
¿Cómo has conseguido mi número?
Es más, ¿cómo has conseguido mi dirección?
Eso no es muy difícil teniendo dinero.
Por supuesto…
Entonces…
¿Te estás volviendo loca?
Tú eres el experto en entender a la gente.
¿Por qué no me lo dices tú?
Estás excitada al máximo.
No especialmente.
Mientes muy mal.
No has pensado en otra cosa.
Me gusta saber que estás frustrada.
¿Te das cuenta de lo patético que suenas?
Te veré pronto…
…si sabes seguir mis instrucciones.
¿Hola?
Los cuatro meses pasaron como cuatro décadas.
Pero por fin llegó el día.
“Querida Emma…“
“…encuéntrate conmigo a las 18:00 en el 2134 de Olympia Drive.”
“Dúchate primero…”
“…y ponte un vestido de fiesta con medias y tacones.”
“La puerta estará abierta. Entra sin llamar.”
“Dirígete al comedor y espérame ahí.”
“Trae la documentación firmada.”
Mirando atrás, me parece casi imposible lo tranquila que estaba.
No tenía ni idea de por qué me había invitado ahí, o qué esperar.
El papeleo acabó siendo un acuerdo para no contar nada.
Un compromiso para mantener en secreto mis conversaciones con él…
…para proteger su privacidad de los medios de comunicación.
Parecía bastante razonable.
Siéntate…
Con una casa tan grande, hubiera esperado que tuvieras mayordomo.
No… no hay mayordomo.
En realidad no me gusta invitar a gente a mi mundo.
Gracias por acceder a reunirte conmigo.
Bueno, la curiosidad me estaba matando. Seguro que ya lo sabías…
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